Centro de Documentación de Canarias y América
27/05/2016

¡Mis Islas! Poema de Nicolás Estévanez

Desde el CEDOCAM celebramos este Día de Canarias con un maravilloso poema de Nicolás Estévanez titulado ¡Mis Islas! y que escribe en París en octubre de 1910. Nicolás Estévanez y Murphy nació en Gran Canaria el 17 de febrero de 1838. Luego se trasladó a Tenerife y vivió largas temporadas en la casa familiar de Gracia, en La Laguna.  Fue un liberal y un republicano, un poeta y un rebelde, que abandonó su carrera militar en La Habana tras el fusilamiento de unos jóvenes estudiantes cubanos. Poeta de raigambre regionalista que anticipa, en alguna medida, el sentimiento doloroso del 98. Murió en París el 19 de agosto de 1914.

El manuscrito pertenece al Fondo Estévanez del CEDOCAM.

Transcripción:

¡Mis Islas!

París, Octubre 1910

En el piélago inmenso del Atlántico

entre celajes y olas y rompientes

que las arrullan con su eterno cántico

y las bordan de espumas refulgentes,

brotaron como Venus de las ondas

las islas más hermosas del planeta,

coronadas de nieves y de frondas,

acariciadas por la brisa inquieta.

Son mis Siete, mis islas adoradas,

que no se apartan de la mente mía

ni en las horas de luchas enconadas

ni en plena noche ni a la luz del día,

porque ellas guardan en su santo seno

cenizas que venera mi memoria

y por ellas mi espíritu está lleno

del ideal de Humanidad y gloria

No importan la distancia ni el olvido

ni constantes y negros sinsabores

para pensar en ellas conmovido,

porque son el amor de mis amores.

¡Si a todas horas las estoy mirando!

¡si estoy viendo sus playas y su cielo!

¡si cuando muera, moriré pensando

que ellas han sido mi mayor anhelo!

Mi anhelo, mi ilusión, mi fantasía

es verlas de verdad, vivir en ellas,

aunque sea no más que un solo día,

contemplando su sol y sus estrellas;

el sol y las estrellas rutilantes

que doran sus campiñas y sus montes

con los reflejos vivos y constantes

que no tienen en otros horizontes:

ni en la región que ve desvanecidas

las risueñas auroras boreales,

ni en las aguas del trópico encendidas,

ni en las fértiles tierras tropicales;

porque no hay en los ámbitos del mundo

otro cielo más claro y purpurino,

cuando surge del mal el sol fecundo,

cuando brilla el lucero vespertino,

cuando alumbran los astros brilladores

o el ígneo corazón del Universo

o la luna de rayos tembladores

el paisaje en colores más diverso:

un suelo pedregoso y calcinado,

volcánicos relieves puntiagudos,

manchas verdes que esmaltan el collado,

ermitas blancas, campanarios mudos;

ya un jardín, una huerta, una espesura,

ya el árido escarpado de un torrente,

acá un laurel de regia vestidura

allá entre arbustos parladora fuente.

(Sucédense entre chopos y tuneras

la meseta, el barranco, el precipicio,

y corren por colinas y laderas

los perros sin bozal de don Patricio)

[tachado]

Alternan los marítimos pinares

con altos limoneros olorosos

y los lánguidos verdes platanares

con los castaños por la edad rugosos.

Una vereda en el riscal bravío

se desliza entre zarzas y piteras,

del hondo valle al blanco caserío

que domina las cumbres altaneras.

Se descubren las islas adyacentes

desde un peñón escueto y descarnado,

dibujándose azules y atrayentes

a la sombra del Teide coronado;

y las isleñas naves que ligeras

desplegando sus alas blanquecinas,

son fieles y constantes mensajeras

entre las siete atlánticas ondinas.

Se ve cruzar y trasponer las lomas

al rumor cadencioso de su vuelo.

numerosas bandadas de palomas

que dibujan sus alas en el cielo;

como se ve la nave peregrina

que deja dos estelas en la bruma:

la del vapor, como fugaz neblina,

la de la quilla, como blanca espuma.

Y extendiendo la vista por sus playas

se divisa en las puntas más remotas

los escombros de viejas atalayas

donde tienen sus nidos las gaviotas.

¡Cuántas veces miré de aquella altura

el mar de Tenerife, el mar isleño,

que hoy recuerdo con toda su hermosura

y con todo el encanto de un ensueño!

Porque aquella es mi patria idolatrada,

una patria concreta y definida,

y no habrá nunca poderosa espada

que la acorte, la aumente o la divida.

No tiene la frontera artificiosa

que en los tratados fija a las naciones

la diplomacia ruin y cautelosa

o el terrible poder de los cañones;

la suya la marcó Naturaleza,

nunca sujeta a leyes arbitrarias,

desde que canta el mar la gentileza

del espléndido grupo de Canarias.

¡Islas amadas, adorable cuna

que me otorgó la bienhechora suerte,

ya no quiero más gloria y más fortuna

que en sus montañas esperar la muerte!

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