Museo de la Naturaleza y el Hombre
11/02/2015

Artículo de opinión: “El misterio del encubertado”, por Fátima Hernández Martín

El caballero examinó con detalle el grabado, una vez más algo le resultaba especialmente extraño en aquella magnífica representación. Con sumo cuidado y valiéndose de una deteriorada lupa, volvió a recorrer con especial atención las líneas, los contornos, el tono cromático que –a propósito- habían dado al curioso animal. Nada había sido hecho al azar, pensó, todo llevaba inherente un curioso protocolo que, a buen seguro, respondía a unos planes establecidos con anterioridad desde una mente lúcida y brillante. La inquietante duda corroía su pensamiento desde hacía tiempo, sentía la imperiosa necesidad de contarlo, pero ¿a quién? se preguntaba. Cuando le anunciaron (en baja voz) que era hora de cerrar, nervioso y excitado, recogió sus pertenencias de la biblioteca y decidió regresar a su casa. 

Debía escribir lo que había descubierto, antes de que fuera demasiado tarde, que alguien se adelantara. Presto a salir del enhiesto, vetusto y simbólico edificio donde había estado oculto –todas las tardes- desde hacía varios meses, olvidándose hasta de ingerir alimento, decidió girarse por última vez y observar detenidamente todo aquello que estaba a su alrededor, quería que las imágenes –ya tan familiares- quedaran retenidas en su retina para siempre, como regalo generoso que obsequiar a sus cansinos ojos después de tantas horas de dedicación y esfuerzo.

Recordó cuando, meses antes, seguro de que algo no encajaba, quiso averiguar, hacer pesquisas por su cuenta y rememoró -con tristeza- las frases y mofas que tuvo que soportar de sus compañeros universitarios que no le apoyaron e hicieron todo lo posible para que abandonara el deseo de descifrar el entuerto a sabiendas de lo inútil, incluso cómo alguno de ellos lo había llamado…loco. Suspiraba mientras caminaba despacio, arropado por su capa de lana, recorriendo las oscuras callejuelas que separaban la biblioteca de su guarida, así llamaba cariñosamente a la angosta buhardilla que ocupaba en la llamada zona vieja de la ciudad plena de tabernas y escondites de literatos y bachilleres.

El espacio, más que un lugar de habitación, era una amalgama de documentos, ropa, comida y objetos curiosos muchos de los cuales había recibido en herencia. Allí disponía de numerosos libros añosos de su abuelo, antepasado que incluso poseyó título de vizconde y había fallecido en la más absoluta pobreza, por dilapidar su erario en joyas costosas para las dos esposas caprichosas y excéntricas que la Fortuna le había destinado. Pero lo más importante que poseía en aquel enclave eran unas cartas que mantenía ocultas (bajo unas maderas del suelo) por miedo a que le fueran robadas por conocidos y, como él, ávidos coleccionistas, pues le había dicho su abuelo, sotto voce, que siendo auténticas llevaban la firma del mismísimo rey Prudente.

Fechadas en el año del Señor de 1572, las guardaba como vellocino de oro, negándose a venderlas pues, además de valor sentimental, quizá le sacarían de apuros en tiempos de penuria, dado que su trabajo como lector y profesor de latín en casa solariega de notario, amigo de la familia, solo le permitía a duras penas alimentarse y cambiar de calzado dos veces al año, sobre todo en estación marcada por inclemencias del tiempo. Las abrió, como era habitual, con delicadeza entre sus manos y después de soplar el moho que las cubría sin solución de continuidad, sobre todo en los duros inviernos, volvió a leerlas, esta vez analizando detenidamente su contenido. Absorto y pensativo, clavó su mirada en una de las líneas, la número cuatro del primer párrafo, aquella que en tantas ocasiones le había pasado desapercibida, hasta que un buen día de estío le hizo tomar la decisión de poner al descubierto el misterio que le intrigaba… Cogió tinta y papel y comenzó a escribir con letra caligráfica lo que deseaba contar…

Según Barbero Richart (1999), la imagen del armadillo (Dasypus novemcinctus) no se conoció en Europa hasta el descubrimiento de América. Fernández Oviedo hace referencia a este animal, por primera vez, en Sumario de lo natural y general historia de las Indias, publicada en 1526. Lo llamó encubertado y no acompaña ninguna imagen a la descripción. Monardes incluye en su Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (1574) un grabado y una descripción. Es uno de los primeros grabados de este animal, que también se reprodujo en la edición de 1580. La imagen fue obtenida de un ejemplar de colección particular (la de Argote de Molina) que no tuvo mucho eco en otras obras contemporáneas.

Anterior (según Barbero Richart, op. cit.) es el armadillo que incluye el suizo Gesner en Historiae Animalium de 1554. Si se tiene en cuenta que la primera expedición científica moderna, la de Francisco Hernández a la Nueva España, se desarrolló entre 1571 y 1577 (por encargo del rey Felipe II), Gesner debió basarse en algún ejemplar o pintura traído con anterioridad no solo a la mentada expedición, sino a la publicación, diecisiete años antes de su obra. Pero… en el Códice Pomar* aparece un armadillo en idéntica actitud y pose que el de Gesner.

Si el famoso Códice incluye representaciones de plantas y animales del Nuevo y Viejo Mundo y las del Nuevo Mundo (según parece) fueron copiadas directamente de los volúmenes entregados por Hernández al rey y conservados en la Biblioteca del Escorial (luego desaparecidos en parte en un incendio) ¿Por qué aparece en los originales del expedicionario Hernández el mismo armadillo que en Historiae Animalium? ¿Fue copiada la imagen de otra o de ejemplar existente, disecado, con anterioridad a la expedición a la Nueva España? La respuesta se hallaba, por fin, bajo las maderas de una buhardilla en la zona vieja de la ciudad. Habrá que localizar esa buhardilla…

*El Códice Pomar constituye una fuente de excepcional importancia en la iconografía botánica y zoológica del Renacimiento. Su procedencia tiene una elevada significación histórica: fue regalado por Felipe II a Jaime Honorato Pomar, titular de la cátedra de "herbes" o botánica médica de la Universidad de Valencia, la primera consagrada a esta materia en los reinos hispánicos y una de las más tempranas de toda Europa.

Dra., directora Fátima Hernández Martín del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife.

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