Museo de la Naturaleza y el Hombre
08/04/2015

Artículo de opinión: “Pretium”, por Fátima Hernández Martín

Mordió intensamente -una vez más- aquella masa amorfa, porosa y blanda que, adquirida hacía días en el macellum, llevaba agarrada entre los dientes a la espera confiada de que desprendiera -como era habitual- el denso líquido, de extraño sabor, del que dependía su trabajo y en cierta medida su propia vida. Recordó la repugnancia que le producía si algunas gotas de dicha sustancia se deslizaban –accidentalmente- hacia su garganta y llegando a su estómago le provocaban el vómito, hecho que sucedía con frecuencia, originándole incesantes mareos. De nuevo miró absorto y con detenimiento su objetivo, aún estaba lejano.

En ese momento percibió que le costaba aguantar la respiración, ya no era un niño y con sus treinta años, recién cumplidos, advirtió que se encontraba cansado y poco ágil para las tareas que solía realizar habitualmente con presteza inusitada. Sabía que la misión a la que se enfrentaba era compleja, no estaba exenta de riesgo y aunque llevaba años practicando, desde aquellos tiempos cuando aún entusiasta caminaba hasta la orilla a contemplar las olas, la clivus intensa que tenía que recorrer hacia el abismo le producía un pavor intenso que no había experimentado otrora. Fue consciente que era imposible retroceder, en caso de hacerlo la consecuencia sería el ergástulo, al menos eso comentaba temeroso todo el grupo en la exedra del recinto donde se preparaban, cada semana, para el duro y peligroso trabajo.

Todavía debía bajar algunos metros más en el agua especialmente fría esa mañana. Haciéndolo, vino a su mente el recuerdo de los aromas dulzones de la thermopolia situada cerca del recinto colectivo, el hogar, que compartía con sus amigos. Volvió a morder con más fuerza, en esta ocasión pudo observar su objetivo con nitidez, sí, se vislumbraba allá, en el lecho marino, entre unas rocas cubiertas de largas y acintadas algas de tonalidad verdosa, ya no era tan inalcanzable, si bien aún debía desplazarse con cuidado para evitar errores… Entonces, con un impulso innovador que le supuso un sobreesfuerzo que sabía agotaría su cuerpo escurridizo y enjuto, avanzó hacia las profundidades para intentar recuperar con corvis aquello que le habían encargado con tanto secreto, aquella orden tajante de Cayo Plubio que debían acatar…El Navarchus había comentado que la pretium, la ansiada pretium, sería cuantiosa. Por eso, solo por eso, valía la pena arriesgar su vida, la vida de todo el gremio (quid pro quo…), ese desapacible día de invierno tan lejos de su lugar de origen, la aldea perdida entre las montañas de Lusitania de la que un grupo de centuriones le había arrancado siendo un joven imberbe.

Aunque se tienen referencias, por algunos murales de época asiria o griega, de la existencia de submarinistas (urinatores), fueron los romanos los que crearon este grupo en el siglo IV (a de C.) como una unidad dedicada a operaciones bajo el agua, para lo que se requería una preparación especial. Numerosas fuentes atestiguan su existencia.

En la antigua Roma se encargaban de desempeñar variadas actividades subacuáticas, desde ataques y sabotajes a barcos enemigos, defensa de puertos, recuperación de anclas, introducción de víveres en ciudades sitiadas, portar mensajes en brazaletes, hasta recuperación de mercancías hundidas (algunas muy valiosas) en los lugares de fondeo de barcos, labor por la que cobraban diferentes emolumentos en función del valor de la carga, dificultad y la profundidad.

Según Tito Livio, Perseo  en el siglo II a de C.  arrojó un tesoro al mar para evitar que cayese en poder del enemigo y luego lo recuperó utilizando un grupo de aguerridos urinatores que podían bajar, a pulmón o bien usando unos utensilios a modo de tubos-respiraderos, varios codos de profundidad. En las guerras de César contra Pompeyo (49 a de C.) Cassius describe el empleo de buceadores de apoyo cuyas acciones favorecieron la victoria del primero sobre el segundo. Plinio el Viejo (Historia Natural, IX, 30, 48) narra que se lastraban con piedras hasta alcanzar la profundidad deseada, llevando una esponja empapada en aceite sujeta entre los dientes. Mientras descendían iban exprimiendo con suavidad la esponja para liberar -poco a poco- dicho líquido y así  modificar el índice de refracción del agua, obteniendo una mejor visión que permitía distinguir objetos depositados en el fondo. Especialmente notables eran sus labores recuperando mercancías que caían al lecho del mar o ríos, caso de unas ánforas traídas desde Gerosiacum, llenas de sestercios, que un liberto recuperó para el temido Praefectus Classis, un frío día de invierno, allá en Ostia Antica…

Dra., directora Fátima Hernández Martín del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife.

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