Museo de la Naturaleza y el Hombre
04/06/2015

Artículo de opinión: “De libios a guanches y tuaregs”, Francisco García-Talavera Casañas

Hace 7.000 años, el Sahara era una extensa sabana, con ríos, lagos, praderas, bosques de acacias y baobabs, elefantes, jirafas, cocodrilos, leones…que compartían su hábitat con los humanos, mayoritariamente negros, y que ya habían desarrollado una cultura neolítica, fundamentalmente pastoril, aunque complementada, en menor medida, con la agricultura, la caza, la pesca y la recolección. Al mismo tiempo, lo que hoy conocemos como el Maghreb, albergaba poblaciones de raza blanca, producto de la mezcla de los antiguos autóctonos “cromañoides” (Mechta el Arbi), robustos y de elevada estatura, con otros contingentes “mediterranoides” venidos de Oriente y portadores de la cultura, también neolítica, conocida como capsiense. Estas poblaciones proliferaron numéricamente -favorecidas por el benigno clima mediterráneo de aquella época-, ocuparon el territorio a su alcance y explotaron los recursos naturales disponibles, desde las extensas llanuras litorales hasta los fértiles valles montañosos (Atlas, Rif, Aurés, Kabylia, etc.) del Norte de África.

Pero llegó el cambio climático, y de esta manera, hace unos 4.500 años, comenzó la desertización de los ecosistemas norteafricanos. Duro golpe,  acusado inexorablemente por la numerosa población humana, que se había adaptado perfectamente a su hábitat y que se vio obligada a emigrar. Los antiguos egipcios llamaban lebu (libyos) a todos los pueblos que vivían al Oeste del Nilo, y con ellos tuvieron encarnizadas confrontaciones bélicas, de las que casi siempre salían victoriosos, debido a su superior tecnología armamentística (carros de combate tirados por caballos) y tácticas de guerra. Son célebres las batallas en las que intervino el faraón Ramsés II, quien, tras su victoria, esclavizó a miles de libyos y los incorporó a sus ejércitos, por sus buenas cualidades guerreras. Estas gestas quedaron grabadas en los templos y palacios, en donde se representaba a los prisioneros libyos, tatuados, vestidos con pieles, con la barba en punta, con dos plumas coronando la larga cabellera, trenzada a lo “rasta” y con un característico mechón, o trenza, colgando en el lado derecho de la cara.

A pesar de esas derrotas, los libyos consiguieron establecerse en las feraces tierras del Delta del Nilo y hacerse con el poder en el año 950 antes de Cristo. Y así, durante las dinastías XXII y XXIII, los faraones libyos Sheshonq I, Osorkon II, Takélot I y otros, reinaron en Egipto durante 200 años. A estos antiguos libyos podemos considerarlos como protobereberes.

 Y siglos más tarde, con la presencia romana en el Norte de África, aparecieron  en escena unos libyo-bereberes, los garamantes, establecidos en el Fezzán (Sur de la Libia actual), portadores de una avanzada cultura y creadores de un original sistema subterráneo de regadío, conocido como foggara. Los garamantes también fueron célebres como expertos jinetes en su lucha contra Roma. Con toda probabilidad, los numerosos grabados y pinturas rupestres representando a carros con caballos a galope tendido, conducidos por personajes de indudable aspecto libyio (plumas en la cabeza, barba en punta…) encontrados desde el Fezzán (Targa) hasta Mauritania, se refieren a ellos.

Así mismo, la mayoría de los investigadores piensa que los tuareg actuales son descendientes de los garamantes (sustituyeron el caballo por el camello), los cuales fueron desplazándose al Oeste y al Sur, a medida que les presionaban las nuevas potencias invasoras (especialmente los romanos y, sobre todo, los árabes en el siglo VII), hasta refugiarse en los macizos montañosos del desierto (Tadrart Akakus, Ahaggar, Adrar de los Iforas). Son muchas las coincidencias que parecen confirmar esta hipótesis, pues aparte de las costumbres, indumentaria, cultura material y características antropológicas, los tuareg son los únicos bereberes que han conservado el alfabeto tifinagh, cuyos caracteres claramente derivan de la antigua escritura líbyco-bereber, que figura en muchos yacimientos norteafricanos con grabados rupestres alfabetiformes.

También podemos aventurarnos a decir que una parte de la antigua población libya que –por las presiones antrópicas y climáticas citadas- emigraba hacia el Oeste, se estableció en la llamada “Costa de Berbería”, frente a Canarias, y muy bien pudieron “dar el salto” por sus propios medios (en embarcaciones rudimentarias), a una tierra, Fuerteventura, que veían en los días claros desde Tarfaya. A favor de esta hipótesis, entre otros, están los siguientes argumentos: a) La antigua escritura líbyco-bereber está documentada arqueológicamente en todas las Islas. b) Muchas de las características bioantropológicas y genéticas de los guanches (entiéndase como tales a todos los primeros pobladores de Canarias) coinciden con las de los tuareg del Ahaggar, los menos “contaminados” y arabizados entre los bereberes. c) La presencia de dos o tres plumas en el cabello, la barba en punta y la elevada estatura de los mahos (recordemos que los antiguos egipcios también llamaban tamahu a los libyos) referenciadas por algunos “cronistas” de la conquista de Lanzarote y Fuerteventura. d) La presencia de “boomerangs” en los hawara de La Palma, que también figuran en los grabados con escenas de caza de los antiguos egipcios y libyos. Y e) Hawara es una localidad de Egipto, en donde se encuentra una gran pirámide, semiderruida, de la dinastía XII. Hawaras son también los tuareg habitantes del macizo del Ahaggar (el propio nombre es una deformación de Hawwara) y de algunas zonas de Marruecos, Argelia y Libia. Además, Hawara era una de las principales confederaciones bereberes que invadieron la Península Ibérica en el siglo VIII, al igual que los que se establecieron en Sicilia en el siglo X.

Una nueva visión, que no creemos descabellada, sobre el origen líbyco de los guanches, así como de su conexión indirecta con el antiguo Egipto y con los tuareg del Haggar argelino.

Francisco García-Talavera Casañas, geólogo y paleontólogo, exdirector del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife, expresidente de Museos de Tenerife y actual asesor emérito de la citada institución.

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