Museo de la Naturaleza y el Hombre
20/12/2017

«Singladura», por Fátima Hernández Martín*

Agazapado, recostado sobre la tierra agreste, dura, llena de piedras con asperezas que rozaban y cortaban su piel cubierta de pústulas y callosidades…miró en lontananza, como absorto, al igual que solía hacer ciertas tardes cuando viajaba al lejano fondeadero. Entonces, esperaba a que el sol se ocultase para observarlas tímidamente, acariciándolas como si intuyera que sería difícil que se encontraran en otro lugar, allá donde había decidido dirigirse sin decir nada al respecto. Eran las flores de siempre, plegadas a tierra, las que solía arrancar sin contemplaciones para ofrecerlas como ofrenda a la mujer que le miraba a distancia, de forma socarrona y burlesca y que –enjuta y descalza- trabajaba desde el alba la tierra yerma.  Le gustaba ver cómo el viento arrullaba las matas en horas vespertinas de forma continua y que, a pesar de la fuerza que mostraba Eolo en ocasiones, no podía con ellas, porque eran humildes, pequeñas, de suaves coloraciones y esas características las hacían parecer inmunes al paso del tiempo, a la furia del mar, al movimiento, a los rudos temporales que –solo en ocasiones- conseguían desprenderlas, lanzándolas lejos, muy lejos, hacia mitad del Océano, como disponiéndolas -de improviso- a un viaje repentino de destino incierto. Otras, diferentes, a su lado, con extrañas formas romas, le recordaban frutas generosas que -contaban los lugareños- en la lejanía, en tierra más fértil, suministraban un fragante licor que volvía locos a hombres, enojaba mujeres y hacía huir a los más pequeños, haciéndoles gritar, escondidos bajo los camastros en noches de tormenta atacados por fiebres intensas, palabras inconexas y gesticular como enajenados. Volvió a mirarlas y, casi sin querer, con un gesto fuera de control, arrancó otro ramillete diminuto para guardarlo (como presente oculto) debajo de la sucia camisola que llevaba puesta desde hacía veinte lunas, y que su madre había cosido -casi sin visión- al amparo de una vieja lumbre para abrigarle con ternura. La difícil decisión la había tomado una mañana cuando la ventisca azotaba con fuerza originando un sonido constante, estridente, pero que todos sabían vivificador y traedor de buenas nuevas a la zona, después de sofocantes y calmadas jornadas de estío. En ocasiones, provocaba tanta vehemencia que se oyera lejos, más allá del risco imponente donde -de niño- gustaba jugar con las olas, atrapar pejes y escuchar el rugir de las aguas golpear –alteradas- la costa. Su vida no había sido fácil, lo sabía, y a pesar de que no volvería a ver el enclave donde naciere veinte años atrás, acordó con los extraños y temidos caballeros venidos del norte su embarque. Con ellos, sí…los que aparecieron en aquellas vetustas naves sin avisar, aguerridos, con pesadas vestimentas que provocaban en sus cuerpos fornidos –debido al roce constante- llagas con gusanos, exhalaban hedores nauseabundos y sostenían voces vibrantes usando lenguas, conocidas en ocasiones y otras veces ignotas con origen en lejanas regiones más allá del confín fronterizo de Portugal, Sicilia, Nápoles, Grecia o Génova de donde procedían algunos. Sí, aquellos que osaron acercarse al poblado, donde tenía su hogar, aquel día cercano a un otoño –recién nacido- de un año que había sido próspero en cosechas y abundante en lluvias refrescantes… Sin explicar de dónde procedían ni porqué habían fondeado sus navíos, relataron jocosos (con vocablos llenos de misterios) que, ebrios de aventuras, se encaminaban a la gloria y al honor de la eternidad y que si alguno de los isleños –quería- podía acompañarlos. Otros, sin embargo, venidos con ellos, cautelosos y aún aterrados por lo oscuro y desconocido de la Mar Océana y las desventuras padecidas en el Golfo de las Yeguas donde –aseguraron susurrando con ojos encendidos de cólera- fueron asediados por málevolas y esquivas sirenas de onduladas melenas, prefirieron quedarse en la Isla templada, cautivados por negocios de pez y mujeres de hermosa mirada…Sí, a pesar del amor por su madre a la que no volvería a ver, acordó marchar y, contemplando el paisaje por última vez, volvió a deleitarse -inmerso en las arenas cambiantes- con el treintanudos (Polygonum balansae), la uvilla de mar (Tetraena fontanesii), la aulaga (Launaea arborescens), el saladillo (Polycarpaea nivea), el corazoncillo (Lotus sessilifolius)…Junto a matorrales de balancón (Traganum moquinii), tabaibas  dulces (Euphorbia balsamifera), salado blanco (Schizogine sericea), siempreviva de mar (Limonium pectinatum)  o tomillo marino (Frankenia ericifolia)…E incluso tierra adentro, oculto entre los bosquecillos de delicados tarajales (Tamarix canariensis), a escondidas de todos, al abrigo del aire. También al lado de cantiles pletóricos de coloristas esponjas (Batzella sp., Anchinoe sp.) y algas enredadoras que, meciéndose en un baile de ondas marinas, parecían succionarle su torso prieto de joven imberbe (géneros Codium, Cystoseira, Calothrix, Padina, Asparagopsis), frágiles anémonas que irritaban sus brazos de niño (Anemonia sulcata), gambas combativas (Palaemon elegans, Gnathophyllum sp.), cangrejos luchadores (géneros Grapsus y Pachypgrapsus), estrellas delicadas (Echinaster sepositus), ásperos y desgarradores canutillos (Chthamalus sp.) que le impedían holgar a sus anchas –como era su deseo- sobre rocas, resbaladizas y abruptas, receptoras de burbujeante espuma blanquecina; hirientes erizos (Paracentrotus lividus), huidizos caballitos de mar (Hippocampus sp.), oscuras fulas (Abudefduf luridus), camuflados chuchos (género Dasyatis), inquietos pejeverdes (Thalasoma pavo) o ágiles salemas (Sarpa salpa) que -a cientos- intentaban acercarse y morder suavemente sus musculosas piernas, que él siempre prefería mantener inmersas en charcos de profundidad desconocida y lecho inalcanzable …desde cuyos bordes gustaba observar abundantes y vivarachos chorlitejos patinegros (Charadius alexandrinus) vigilantes de sus nidos. También tenía lugares secretos donde oteaba a tiernos correlimos (Calidris spp.) o elegantes zarapitos reales de esbelto pico (Numenius spp.) que sabía con certeza frecuentaban el enclave, aunque siempre se preguntaba extrañado por qué nunca nidificaban, establecían su hogar allí, como hacían los chorlitejos…Y ante tanta belleza, lloró amargamente…

Epílogo.- Según expresan algunos autores, caso de Rodríguez Delgado, García Casanova y Wildpret de la Torre (1996), Montaña Roja (declarada Zona de Especial Conservación (ZEC) ES7020049, BOC nº 68, 11 de abril de 2016, isla de Tenerife) alberga una elevada biodiversidad. Prueba de ello es el número de invertebrados que se han citado para este enclave, con una proporción notable de formas exclusivas. En el caso de los vertebrados, de las más de cien especies de aves (109), dichos autores se inclinan por llamar la atención sobre el chorlitejo patinegro (Charadius alexandrinus), limícola que llegó a abundar en el lugar. Respecto a la flora, se han contabilizado ciento treinta y seis plantas superiores, de los cuales veintinueve son endémicas, así como un considerable número de hongos, líquenes y briófitos.
Destacan otros, caso de Cruz y Alemany (2008), que Montaña Roja, Monterosso, es el nombre original dado al monumento geológico (volcán de escorias rojas debido al óxido de hierro) e hito paisajístico más notable y singular del sur de Tenerife. La vertiente oriental está dominada por una gran duna fósil del Cuaternario, de arena organógena consolidada, cantera a partir de la cual se elaboraban los bernegales (usados como filtros para el agua) que –en tiempos pasados- también llevaban los barcos en sus singladuras. La vertiente occidental es un acantilado abrupto que cae en vertical desde unos ciento setenta y un metros, siendo su cúspide lugar de interés para nidificación de ciertas rapaces.
Este paisaje mágico fue observado por numerosos navegantes que formaron parte de la historia, caso de Magallanes y Colón. Precisamente, en relación con el viaje de Magallanes, dicen que pasó dos días en el enclave (tal vez para huir de los portugueses cuando fondeó en Tenerife al iniciar su ruta alrededor del mundo) según cuentan los numerosos estudiosos que han publicado sobre dicha estancia. Además, Henry Kensley en un libro publicado recientemente (2017), titulado El viajero accidental, aporta interesantes datos sobre este asunto. Según dicho autor, el 21 de septiembre de 1519, la flota de Magallanes zarpó de Sanlúcar de Barrameda y cinco días más tarde echaron ancla en Tenerife, donde se aprovisionaron de agua y leña y se unieron a la tripulación varios habitantes insulares, deseosos de hacer aventura en las nuevas tierras. Al parecer Lázaro Torres (que iba de sobresaliente en La Trinidad) prefirió abandonar la expedición y quedarse en la Isla, siendo sustituido por un tal Hernán López (de mente soñadora). A esto se sumaron dos marineros nuevos: Andrés Blanco (destinado a La Santiago) y Blas Afonso que embarcó en La Concepción. En La Santiago se enroló, también, en calidad de hombre de armas, Maestre Pedro, que unos identifican como Pedro de Indarchi, experto en la fabricación de pez, si bien otros le llaman solo –Maestre- y lo sitúan como tal en una de las naves, incluso se menciona que era buen conocedor de la mar, pues contábase que había viajado a las Islas de las Especias años atrás. Andrés Blanco (grumete) murió, al igual que otros, antes de regresar a España, en unión de los que navegaban en La Victoria, acabando la odisea el 21 de junio de 1522 en África (cerca de Guinea), cuando la embarcación cruzó la derrota que había tomado la flota de Magallanes tres años antes.
En la expedición viajaba un noble italiano (explorador, geógrafo y cronista de Venecia) de nombre Antonio Pigafetta (1480-1534), uno de los dieciocho hombres que sobrevivieron a la expedición…. Lo que ocurrió en Monte Rosso, al sur de Tenerife, aquellos días, en el fondeadero escondido y azotado por el viento constante, lo supieron muy pocos…¿tendría algo que ver el mensaje de Diogo Barbosa que traía noticias del suegro de Magallanes?
“…el 26 (septiembre) llegamos a una isla, que se llama Tenerife, para proveernos de carne, agua y leña. Estuvimos tres días y medio, para aprovisionar a la escuadra de dichas cosas. Después nos acercamos a otro puerto, el Monte Rosso, Montaña Roja, por pez y nos demoramos dos días…” (Extraído de una de las copias del Diario de Pigafetta)…

*Fátima Hernández Martín es directora del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife.

Volver