Centro de Documentación de Canarias y América
Publicado el 29/01/2020

Intemporales: «La conjuración de las palabras. Cuento alegórico, de Benito Pérez Galdós»

El «Intemporal» de esta semana lo dedicamos nuevamente al escritor Benito Pérez Galdós, en este año en que se cumple el centenario de su muerte. Queremos invitarles desde el CEDOCAM a leer este cuento alegórico publicado por primera vez en el diario La Nación el 12 de abril de 1868. En él, Galdós pone de manifiesto el uso inadecuado de muchas palabras que hacían los escritores españoles de su época. Un cuento que invita a la reflexión.

Pueden consultarlo en su totalidad en el CEDOCAM.

Destacamos un fragmento de la obra:

La conjuración de las palabras

Cuento alegórico

Érase un gran edificio, llamado Diccionario de la Lengua castellana, cuyo tamaño era tan colosal y fuera de medida que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a muchos usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en un viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueño, la tabla que le sostenía amenazaba ruina, con detrimento de todo lo que encima había. Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía un ancho cartel con letras doradas, que decían al mundo, a la posteridad, el nombre y la significación de aquel gran monumento.

Por dentro era una maravilla tan curiosa, que ni el mismo laberinto de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientos tabiques de papel con sus números llamados páginas, cada tabique estaba subdividido en tres galerías o columnas muy grandes, y en estas galerías se hallaban innumerables celdas, donde vivían los ochocientos o novecientos mil seres, que en aquel vastísimo y complicado recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.

Una mañana sintióse un ruido de voces, patadas, choques de armas, roces de vestidos, llamamientos y rumores, como si un numeroso ejército se levantara y vistiera con grande prisa, apercibiéndose para una atroz y descomunal batalla. Y, a la verdad, batalla o cosa parecida debía ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, formadas en orden, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba, según me dijo el testigo ocular que lo presenció todo desde su escondrijo inmediato, el cual testigo ocular era un viejísimo Flos sanctorum, forrado en pergamino, que en el propio estante se hallaba a la sazón.

La comitiva avanzó hasta que estuvieron todas las palabras fuera del edificio; trataré de describir el orden y aparejo de aquella procesión, siguiendo fielmente la veraz, escrupulosa y auténtica narración del Flos sanctorum.

Delante venían unos heraldos llamados Artículos, vestidos con relucientes dalmáticas y cotas de finísimo acero: no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los Sustantivos, que venían un poco más atrás. Estos formaban un número casi infinito, y estaban todos tan vistosos y gallardos que daba envidia el verlos. Unos llevaban resplandecientes armas del más puro metal, y cascos, en cuya cimera ondeaban plumas y festones; otros vestían lorigas de paños de Segovia con listones de oro y adornos recamados de plata; otros cubrían sus cuerpos con luengos trajes talares, a modo de senadores venecianos. Unos venían caballeros en poderosísimos potros cordobeses, y otros a pie. Algunos había también menos ricos y lujosos que los demás; y aún puede asegurarse que había bastantes pobremente vestidos, si bien éstos eran poco vistos, porque el brillo y esplendidez de los otros, como que les ocultaba y obscurecía. Al lado de los Sustantivos estaban los Pronombres, que iban a pie y delante, teniendo la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, o guiándoles a guisa de lazarillo, o bien dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos; porque, sea dicho de paso, también había Sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. También es cierto que había algunos Pronombres que se hallaban allí representando a sus amos, que se habían quedado en cama por enfermos o perezosos, y estos Pronombres formaban en la línea de los Sustantivos, como si de tales hubiera categoría. No es necesario decir que los había de ambos sexos; y las damas cabalgaban con tanto donaire como los hombres, y aún esgrimían las armas con tanto desenfado como ellos.

Detrás venían los Adjetivos, todos a pie, y eran como servidores o satélites de los Sustantivos, porque formaban al lado de ellos y atendían a sus razones para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa buena sin el auxilio de un buen escudero de la familia de los Adjetivos; pero éstos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. Eran muy brillantes y primorosos sus vestidos y adornos, de colores vivos y formas muy determinadas; y lo más particular era que cuando se acercaban al Sustantivo, éste tomaba el color y la forma de aquellos; quedando transformado al exterior, aunque en la esencia el mismo.

Como a diez varas de distancia venían los Verbos, que eran unos seres de lo más extraño y maravilloso que puede concebir la fantasía.

No es posible decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni definirlos con precisión ni exactitud. Baste saber que se movían mucho y a todos lados, y tan pronto iban hacia atrás, como hacia adelante, y se juntaban dos para andar juntos. Lo cierto del caso, según me aseguró el Flos sanctorum, es que sin tales Verbos no se hacía cosa a derecha en aquella república, y, si bien los Sustantivos eran muy útiles, no podían hacer nada por sí, y eran como unos instrumentos ciegos cuando no los dirigía algún Verbo. Tras estos venían los Adverbios, que tenían cataduras de pinches de cocina: no servían más que para prepararles la comida a los Verbos y servirles en todo. Es fama que eran parientes de los Adjetivos, como lo acreditaban viejísimos pergaminos genealógicos, y aun había Adjetivos que servían en la clase de Adverbios, para lo cual bastaba ponerles una cola o falda en esta forma: mente.

Las Preposiciones tenían un cuerpo enano; y más que personas parecían cosas que se movían automáticamente: iban junto a los Sustantivos para llevar recados a algún Verbo, o vice-versa. Las Conjunciones andaban por todos lados metiendo bulla; y había especialmente una llamada que, que era el mismo enemigo y a todos los tenía revueltos y alborotados, porque indisponía a un señor Sustantivo con un señor Verbo, y a veces trastornaba lo que éste decía, variando completamente el sentido. Detrás de todos venían las Interjecciones, que no tenían cuerpo, sino tan sólo unas cabezas con una gran boca, siempre abierta. No se metían con nadie, y se manejaban solas; que, aunque pocas en número, es fama que sabían hacerse valer.

De esas palabras algunas eran nobilísimas, y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía conocimiento que tenían abolengo latino o árabe; otras no tenían alcurnia antigua, y eran nuevecillas y de poco más o menos. Las nobles las trataban con desprecio. Algunas había también que estaban en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo para adquirir nacionalidad. También había algunas que se caían de puro viejas, y estaban arrinconadas, aunque las demás tenían consideración a sus canas; y las había también tan petulantes y pretenciosas, que despreciaban a las demás mirándolas desdeñosamente.

Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon toda. El Verbo Ser hizo una especie de cadalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí había, y subió a él con intención de hablar; pero le quitó la palabra un Sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus edecanes, los nobles Adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:

“Señores: la osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no basta introducir en sus libros palabras francesas, con gran detrimento nuestro, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo que no significamos. (Bien, bien) De nada sirve nuestro noble origen latino, ni la exactitud de nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor al recordarlo. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción.” (Nutridos aplausos.)

El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que le servía de faldón, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado.

Era que el Sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al Adjetivo Común, y le decía:

-Perro, follón y sucio vocablo; por ti me traen asendereado, y me ponen como salvaguardia de toda clase de desatinos. Desde que un escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido-Común, y ya le parece que es el más sabio de la tierra. Vete, sucio Adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás con vida de mis manos.

(…)

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