Museo de Historia y Antropología de Tenerife
Publicado el 15/05/2020

Artículo de divulgación: «Simbología profiláctica en el contexto doméstico. Los objetos y los espacios. (II)», por José Manuel Padrino Barrera

La vivienda se nos revela como el centro del mundo, de nuestro mundo particular y como símbolo contenedor y de protección; sobre todo frente a lo que existe en sus inmediaciones. Además, es este último aspecto el que toma carta de naturaleza a través de una serie de objetos cuya presencia revela una función de salvaguarda que por lo común se ha desdibujado como consecuencia del inexorable paso del tiempo o por simple desconocimiento.

Proseguimos escrutando las paredes de esta virtual morada, de la que ya hemos recorrido una parte sustancial en la primera parte de este texto, y en medio de una trama de retratos fotográficos y algún que otro paisaje pictórico –fruto de un desmedido horror vacui– descuella un papiro egipcio con su flamante marco dorado; color éste que también es utilizado en algunas partes del dibujo que se representa, evidenciando con ello su factura contemporánea. El objeto en sí fue adquirido compulsivamente en un mercadillo; pues, de forma consciente o no, sus actuales propietarios también habían sucumbido al poder de seducción que esta cultura milenaria aún sigue proyectando a través de los siglos. No obstante, no sabríamos decir con certeza si conocían que su Udjat u Ojo de Horus “reinterpretado” es un signo cargado de poder sobrenatural que en el pensamiento egipcio se convirtió en símbolo de protección personal y contextual, con manifestas connotaciones funerarias (1).

Nuestro periplo intramuros nos encauza ahora por el corredor principal de la vivienda y es precisamente en este espacio, sobre un aparador de formica, donde se ha desplegado un trasunto de figuritas de vírgenes y santosde expresión ausente (y hasta divertida), muy alejada del misticismo y la contemplación de antaño, y cuya fundada tensión dramática ahora ha sido suplida por un nuevo canon de belleza “impuesto” desde el Oriente. Porque, a decir verdad, parece que hoy en día nada tiene que hacer una gubia local frente 

a las resinas sintéticas de allende los mares. Una impronta que también está presente en el aire que respiramos en forma de cúmulo vaporoso de sándalo. Lo que nos indica que accedemos al lugar más íntimo de la casa: el dormitorio. Así, la sinuosa vaharada, expelida por un sahumador, busca acomodo en torno a una pareja de Leones Fo de porcelana; inconfundibles por su color azul turquesa y que muchas décadas atrás inundaban los bazares de las principales zonas turísticas de la Isla. Su iconografía es de origen chino y en el contexto asiático se revelan como el azote de espíritus perniciosos que podrían merodear por la vivienda (2).

El dormitorio es una estancia de intensas expresiones vitales, pues se trata del lugar donde se sublima el conscicente, el subconsciente y el inconsciente; además de ser el recinto donde por tradición se entra y se sale de este mundo material. En la alcoba concurren el amor apasionado, los desencuentros, los estados de lucidez y los desvelos. Por ello, sobre el metálico cabecero de la cama no es extraño encontrar un atrapasueños,  cuyo nombre ya revela parte de su función primordial: filtrar nuestras experiencias oníricas. Este adminículo tiene la propiedad de discriminar aquellos sueños que se deben olvidar y, entre éstos, eliminar sin contemplaciones las pesadillas con la llegada del alba. Además, el objeto es una variante actualizada de aquellos que se realizaban en el seno de la tribu Ojibwe de norteamérica, siendo recuperado como elemento decorativo por la cultura New Age (3). Pero, ésta no es el única pieza que se emplaza sobre la pared, pues también aquí cobra protagonismo una cromolitografía –apaisada y decolorida– representando a la Virgen del Carmen. Imagen sagrada que en su aparente indolencia, y desde la celeste atalaya, entrega el escapulario salvífico a una desnuda figura que se destaca entre otras que la acompañan, como evidente representación de la perpetua redención de un alma que penaba en el Purgatorio. Igualmente, junto a este cuadro descubrimos una figura familiar cuya importancia estriba en ser un souvenir que rememora un crucero por el Bósforo. La pieza en cuestión, de vidrio coloreado y forma redondeada, nos apunta que estamos ante un Nazar turco. ¡Aquel ojo que jamás parpadea! Y que si se rompe “fortuitamente” es por que han cumplido su cometido, que es el de captar la mirada del aojador y destruir sus insanos efectos (4).

Nuestro periplo pretende concluir en la cocina, espacio primordial donde se encuentra el hogar. Término evocador que en otro tiempo designaba la estancia que contenía el Fuego; la luz que desterró la tiniebla y el elemento vertebrador que proveía de calor a sus moradores, a la par que transformaba el crudo alimento en una reparadora comida. Así, para los antiguos griegos, el centro de la casa se articulaba alrededor de dicho espacio, donde se ubicaba el altar dedicado a la diosa Hestia (= Hogar), allí donde ardía el fuego divinizado, primer objeto de culto doméstico cuyo sacerdote era el dueño de la casa (5). La contrapartida romana de dicha divinidad se encontraba en Vesta, quien también compartía espacio cultual con otras deidades domésticas no menos célebres entre sus habitantes: los Lares (que aseguraban la salud y la felicidad) y los penates, cuyo nombre procede de celleae penuariae (despensa o cuarto de provisiones). En torno al fuego domesticado, la religión judeocristiana también estableció su espacio sacralizador junto a fogones y bocas de horno, en los cuales se han prodigado todo tipo de representaciones cruciformes o alegóricas. Sin embargo, en la cocina de esta vivienda virtual solo hay un horno électrico, un horno micoondas y varios fogones de inducción. ¡No hay fuego vivo, qué curiosa paradoja! Además, todo resto de humo procedente de la trasnsfomación del alimento es absorbido de forma inmediata por una campana extractora, velando de este modo los tradicionales aromas de la cocina. Empero, sobre dicho electrodoméstico encontramos otra figura singular: San Pancracio demandando un ramito de perejil fresco. Mas esta imagen no es una efigie cualquiera, pues se revela como un Playmobil “customizado”, adquirido en un portal de venta on-line; ya que estas figuras no solo entretienen a los más pequeños del lugar, sino que las modas imperantes a día de hoy los trastocan en preciados objetos de colección. No obstante, en la presente representación subyace también la búsqueda de fortuna para el lugar que le sirve de cobijo. ¡Pero hay 

otra cuestión a tener en consideración! Pues, su singular aura no es la única que se proyecta en la estancia, porque los dos puntos marrones que definen su mirada se clavan en la pared opuesta, allí donde una alcayata sostiene una teja de barro cocido. Objeto éste con explícita vocación ornamental, trastocado en soporte para una reproducción fotográfica de la venerada Virgen de Candelaria. ¡Qué singular casualidad!  Pues ahora la teja también nos remite a otro espacio clave para comprender otro ámbito simbólico de la construcción doméstica, como es la techumbre de la vivienda.

Junto al puntal principal de la choza primigeria (su eje axial), la “viga maestra” del tejado también se convirtió desde los comienzos de su uso en un espacio donde localizar elementos ornamentales en los que existía una explícita vocación profiláctica y propiciatoria: animales naturales y quiméricos, vegetales, conchas... Representaciones que el cristianismo solapó premeditadamente por otros motivos simbólicos acordes a sus principios doctrinales. Por consiguiente, el tejado cobija física y espiritualmente todo lo que se encuentra bajo él. Y como consecuencia de ello, no es extraño encontrar en la viga cumbrera de esta vivienda ideal pequeñas cruces grabadas en sus respectivas cabeceras, ya fuese directamente en la madera o en el revoque que la cubre; consiguiendo de esta manera proyectar su protección a través de los faldones de la techumbre y sobre todo lo que bajo este elemento se emplaza.

Aquí concluye este relato nacido en medio de un proceso de confinamiento colectivo, en un contexto emocional sometido a la incertidumbre y a la presión generada por la realidad circundante. Por puro divertimento, partimos a la imaginaria exploración de una morada ficticia (y virtual), que bien podría hallar su correspondencia material con una morada real. Al tiempo que tratamos una serie de objetos revestidos por la pátina simbólica de la protección (muchos de ellos culturalmente descontextualizados) y testimonios de una sociedad que se interconecta de forma exponencial. Y sin olvidad que han terminado por formar parte de nuestra cotidianidad, pasando a ser parte sustancial de nuestra existencia.

José Manuel Padrino Barrera / Técnico del Museo de Historia y Antropología de Tenerife

 (1) López Grande, María José: “ Los amuletos y su función mágico-religiosa en el antiguo Egipto”, en Magia y superstición en el mundo Fenicio-Púnico, xxi Jornadas de Arqueología Fenicio-Púnica, Museu Arqueológic d’Eivissa y Formentera, Eivissa, 2006, p. 60.

(2) Feltham, Eleanor B.: “Everybody was kung-fu fighting: The Lion Dance and Chinese National Identity in the 19th and 20th century”, en Asian material culture, ICAS-Amsterdam University Press, 2009 pp. 111-113.

(3) Native American Dream Catchers [consulta: 6/5/2020]: http://www.nativetech.org/dreamcat/dreamcat.html

(4) Tuncer Manzakoglu, Bilgen y Türkmenoglu Luberkan, Saliha: “Evil Eye belief in Turkish culture: Myth of  Evil Eye Bead”, en The Turkish Online Journal of Design, Art and Communication – TOJDAC, April, Volume 6, 2016, p. 199.

(5)Hani, Jean: Mitos, ritos y símbolos. Los caminos hacia lo invisible, Sophia Perennis, nº 56, Palma de Mallorca, 1999, pp. 235.

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