Museo de Historia y Antropología de Tenerife
Fecha del evento: 15/09/2020 - 22/09/2020

Separar la paja del centeno (XVI)

No cabe duda que vivimos en una sociedad “hiperinformada”, modelada al amparo de una nueva revolución tecnológica, donde los medios digitales han cobrado un protagonismo inusitado, al proporcionar y facilitar el acceso a cualquier tipo de contenidos de forma instantánea. Sin embargo, dentro de esta “era de la virtualización” también toman forma los bulos y las técnicas de guerrilla de la comunicación. Contenidos falsos, con un interés de parte y que incrementan su proyección social gracias a la capacidad de ser difundidos masivamente. 

En esta actividad el relato y la noticia falsa cobran protagonismo; pero su finalidad es meramente lúdica y educativa –y más en los tiempos que corren–, siendo su único propósito el entretenimiento, despertar la imaginación y el espíritu crítico. Aprender a discernir lo que es real frente a lo que no y, sobre todo, separar la paja del centeno (o grano).

Contempla la imagen, lee el texto y sigue las instrucciones; porque, a veces, las cosas no son lo que aparentan y quitando el ornamento podrás darte cuenta que subyace otra realidad.

Vendehumos

Don Esteban Vanderook, conocido en su vecindad como Don Roque o Vendehumos, siempre se caracterizó por ser una persona emprendedora y muy orgullosa de su linaje. De hecho, cuando la ocasión lo permitía, se jactaba de su ascendencia flamenca. Sí, flamenca de Flandes, en el norte de Europa. De aquellos colonos que en los albores del siglo XVI comenzaron a “dejarse caer” por estas islas y vinculados a una incipiente élite comercial. Aunque, a más de un paisano le hubiese gustado que hubiese sido oriundo de tierras más septentrionales, de este modo lo podrían imaginar en un tablado bailando con lustrosos botines y pantalón entallado; al toque de palmas y al son de una guitarra destartalada…

Vendehumos, un personaje peculiar. El hombre de figura desgarbada, de mirada glauca y pelo ralo. De sombrero de colmo de centeno y traje impoluto. De andares resueltos y olor a clavo. De insignia deportiva en el ojal y gemelos a juego. Desde su juventud ya se había creado una reputación sin igual entre la vecindad; pues, como era costumbre en él, constantemente resolvía problemas a demanda y de cualquier índole, por muy complejos que parecieran: algebraicos, políticos, de herencia, pasionales y hasta aquellos que comportaban disputas familiares... Y todo ello sin cobrar ni una sola perra chica, tan solo escudriñando entre las caprichosas formas del humo de su cigarrillo.

Un día cualquiera, de tantos que tiene el año, un íntimo amigo suyo le sugirió por qué no sacaba más provecho a su facultad. Ni corto ni perezoso, Vendehumos sacó su pitillera nacarada, prendió un cigarrillo amarillento y expelió una vaharada cálida. Una vaporosa voluta a la que se quedó observando embelesado, como en trance. Entonces pensó que si vendía su humo a los demás tendría más tiempo para dedicarse a aquello que más le apasionaba: construir castillos en el aire.

En menos de ocho lunas, Vendehumos ya tenía su fábrica montada en el centro de la ciudad y a pleno rendimiento. Un flamante edificio donde trabajaba un considerable plantel de vecinas y de cuyas instalaciones salían sahumadores, cigarros en cajas de cedro, cigarros con coloridas vitolas, cigarrillos emboquillados… hasta unos “pitos” pequeños de chocolate; pero éstos solo para los infantes (de ahí el tamaño adaptado a sus gruesas manitas), pues había que ir creando hábito entre los futuros consumidores. En definitiva, éste era el apasionante oficio de vender humo. Humo con cientos de sabores y centenares de colores. Humo para ellas y humo para ellos.

Con el tiempo, la fábrica fue clausurada. Sucumbió al inevitable paso de la moda, ya que a la gente de ahora no le gustaba ese tipo de humo. Sin embargo, todavía se recuerda la solitaria figura de Vendehumos, en las postrimerías de su existencia, sentado en un banco de la Alameda, mirando cómo el humo de su cigarrillo competía en elegancia con el que era expulsado por los barcos de vapor. Castillos en el aire que dan sombra a la ciudad.

Ahora, hagamos un ejercicio mental, extrayendo el elemento “absurdo” de esta instantánea e intentando dar respuesta a las siguientes preguntas (busca ayuda si lo estimas necesario):

1. La ciudad de Santa Cruz de Tenerife cuenta en su trama urbana con estimables inmuebles que son reflejo de la notable demanda que el tabaco tuvo en épocas pretéritas. ¿Sabrías decirnos a finales de qué centuria comienzan a abrirse las primeras manufacturas de este producto?

2. Un emblemático edificio capitalino, emplazado en la confluencia de las calles Suárez Guerra y El Pilar, fue en principio destinado a viviendas y a una conocida fábrica de tabacos, siguiendo un diseño del arquitecto Domingo Pisaca y Burgada. ¿Cuál era el nombre de esta empresa? a. La Comadreja; b. La Maguita; o c. La Lucha.

3. Enumera al menos dos manufacturas de tabaco más cuyos edificios todavía siguen formando parte del patrimonio histórico de Santa Cruz de Tenerife.

4. ¿Qué elemento constructivo define este tipo de edificaciones? Razona tu respuesta: a.  La ausencia de tejado; b. La presencia de muchas chimeneas; o c. La existencia de amplios salones.

5. ¿Por qué crees que la principal mano de obra de las fábricas de tabaco era femenina?

Acto seguido, introduce de nuevo el elemento “absurdo”, contesta a las mismas preguntas planteadas, dejando volar tu imaginación.

Ya tienes los ingredientes básicos para crear dos historias: una basada en hechos verídicos y contrastados frente a otra donde la inventiva cobra protagonismo.

Déjanos la propuesta que quieras y, si te apetece, genera un debate entre tus conocidos.

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