Museo de Naturaleza y Arqueología
Fecha del evento: 20/04/2020 - 26/04/2020

Solución a Ciencia Encriptada: «Extraño vegetal»

Con nervios se encontraba por entonces, al igual que el vulgo, pues no en vano habían llegado nuevas (incluso desde ultramar) acerca de que su Gracia disponíase marchar de viaje en breve, y toda hora que se pudiera aprovechar para menester, era escasa en tal aventura. En la angosta buhardilla, se acicaló con calma, esa situación le pareciera lejana en aquesta zona del Imperio, adaptado como estaba a tránsitos desordenados de mente y vida al otro lado del Océano. Los dos hombres se conocían desde tiempo, uno había mitigado del otro las dolencias del cuerpo y -por qué no decirlo- a veces del alma, pero el más erudito temía la reacción del otro, cuando le mostrase una, sólo una de aquellas maravillas que –atrevido- se permitió llevar consigo en su angosto habitáculo, oculta en un baúl durante el tornaviaje, ahora que las fuerzas no le respondían, pues hallábase muy enfermo, diríase casi moribundo. Cómo pasaba la vida, cómo se había pasado la suya, se preguntó perturbado, recordando todo lo vivido en el esplendor de una naturaleza que le había sido regalado observar, de modo privilegiado, en tierras del más allá. Era el día de la audiencia y presto se pensaba presentar de esa guisa, es decir, llevando con un porteador (un mozo formado en asuntos de observación) la joya delicada que tan deseoso estaba de mostrar a su protector.

Miró a través de los amplios ventanales y observó la majestuosidad del monumento, cercano e imponente, recordando lo gélido que había sido el mes en que recibió la orden de partir, un 11 de enero lejano, y cómo en septiembre del mismo año ya estaba zarpando, emprendiendo angustiado la expedición, ignorando si algún día regresaba. También rememoró su escala en las Canarias, tierra de campos fecundos, tibieza matutina y gente tranquila, cuya flora le había resultado fascinante, tanto… que el poco tiempo disponible, durante la escala de abastecimiento, caminó en su maleza varios días, llevándose a escribir algunos folios de un tratado de identificación sobre un extraño vegetal que le había impresionado, en la confianza que nunca se perdiese.

Pero ahora, tras años de experiencias inolvidables (viejo y cansado), regresaba para rendir cuentas. Cuánto había agradecido la compaña de su hijo más amado, joven e inexperto, aunque cuidadoso hacia su persona y ágil ayudante cuando asuntos de ciencia así lo demandaban. Siete, siete años había pasado fuera y ahora se veía obligado a retornar desde aquel paraíso que había hecho su casa, cuando su cuerpo ya no respondía -como antaño- a trabajos, esfuerzos, búsquedas, experimentos, pesquisas, excursiones y aventuras. Lejos dejaba colaboradores, hospicios, andanzas, huertos…y un equipo estudioso (sobre todo de humildes lugareños) que bien había instruido en lontananza en el respeto de su sapiencia ancestral y lengua local y que, al despedirse, prometieron seguir su labor.

En un instante pensó, intrigado, cómo cautivaría el interés de su temido amigo y -además- si se sería oportuno entregarle, junto con los últimos informes, especímenes y láminas, la favorita de su valiosa colección, con la esperanza de que, si no gustase de ella, la regalara, al menos, a alguna de sus hijas, inquietas adolescentes avezadas en asuntos del saber. Entonces, se volvió presuroso y la cogió con cuidado, dispuesto a mostrarla sólo en la intimidad, sin que nadie la viera, no fuera que otros tomen relación de lo visto, usaren lengua y malos modos y relatasen a terceros aquello que con tanto celo había guardado en situaciones difíciles, pues se contaba -por los alrededores- que toda maravilla era requerida con pasión y obtenida sin contemplación, ni ruegos, de sus dueños, en el enclave venerado, en especial si eran obras de un tal Llull que, por entonces, hacían furor entre los más avezados. La tomó entre sus manos y con delicadeza, para no derramar la tierra que la recubría y donde ella descansaba erguida, la envolvió para su protector…que le esperaba sentado adusto -como era habitual en él- en el sillón más preciado de su gabinete, descansando las piernas en su escabel preferido, su mano derecha enferma de dolencia añosa apoyada en almohadón de seda y arropado por toda suerte de leales, curiosos y curiosidades del mundo conocido.

Epílogo.- En tiempos de Felipe II, apasionado por la Historia Natural en general, la Botánica en particular, especialmente la Farmacopea, y devoto de los jardines, tuvo lugar una de las más interesantes y primeras expediciones científicas que se relacionan, la del protomédico Francisco Hernández (de apellido original Fernández;1515?-1587) a Nueva España. El erudito, que había estudiado en Alcalá de Henares y se había curtido en las lides de la sanación, allá, en los hospitales del Monasterio de Guadalupe (donde se encargaba del jardín botánico), pronto ganó el favor real y entró a formar parte del equipo médico de la corona (en el año 1569), es decir, de los galenos que asistían al rey Prudente. Según expertos en su figura, el 11 de enero de 1570, Francisco Hernández fue nombrado, por Felipe II, Protomédico general de todas las Indias, islas y tierra firme del Mar Océano, con objeto de redactar la historia natural de las cosas de las Indias, por espacio y tiempo de cinco años, con un salario anual de 2.000 ducados (Real Academia de Historia). De hecho, se le encargó dicha expedición al Nuevo Mundo para buscar -en especial- plantas con propiedades medicinales, algo que obsesionaba e interesaba por entonces. Hernández partió acompañado de su hijo varón, en calidad de ayudante, así como del cosmógrafo Francisco Domínguez. Con el tiempo, la campaña contó con el apoyo logístico de numerosos especialistas (médicos y prácticos, españoles e indígenas), así como de colaboradores (herborizadores, dibujantes, amanuenses…), reclutados o contratados en el propio suelo americano. Esta peculiar característica, aunque en sus primeras fases generó serios problemas de competencias, hizo posible que se concluyera con éxito. Más aún, según investigadores de su figura, fue la razón de que los materiales recogidos resultaran tan abundantes y que además estuvieran fuertemente impregnados por las tradiciones culturales indígenas, especialmente de los nahuas del México central.

Dicen que, en Nueva España, ante la visión de la magnitud de la tarea que tendría que llevar a cabo (elaboró una importante recopilación, con extensa y densa información sobre botánica) le confiaba al rey por carta… “tardará seis años en completarse el trabajo naturalístico de esta zona”.

Con el paso de los años, después de una intensa labor y hallándose muy enfermo, en el año 1575 tuvo que regresar lo antes posible a España, no solo por su delicado estado de salud, también por la impaciencia del Prudente, ansioso por conocer los resultados de la empresa que había financiado con mucho dinero… Hasta esa fecha, Hernández había logrado reunir dieciséis volúmenes de su trabajo en folio (seis de texto y dos con ilustraciones), escritos en latín que había ido mandando -poco a poco- a la Corte. Pero, al ser requerido urgentemente por el rey, durante el viaje de regreso trajo consigo más información, otros veintidós tomos de libros, sesenta y ocho talegas de simientes y raíces, ocho barriles y cuatro cubetas con árboles y hierbas medicinales mexicanas que, junto con los dieciséis volúmenes, ya enviados previamente, recogían sus siete años de exploraciones entre 1571 y 1577, impresionante trabajo de inventario de la naturaleza allende los mares, La Historia Natural de Nueva España, considerada el estudio de México más extenso jamás realizado, si bien nunca publicado en su totalidad.

En su obra describió más de tres mil plantas y cuatrocientas especies animales, con especial atención al uso medicinal de los vegetales. Los volúmenes se guardaron en El Escorial (en el Joyel), y el rey -maravillado- incluso decoró/empapeló sus aposentos con algunas de las láminas, dibujos que habían sido realizados por los pintores indígenas Baptized Antón, Baltazar Elías y Pedro Vázquez. Ya en 1580, el monarca indicó al médico napolitano Nardo Recchi que preparara una parte de esa magna obra, para lo cual se llevó a Roma una copia del texto, algo que resultó esencial, ya que algunos volúmenes -desgraciadamente- se perdieron en el vaporoso incendio que quemó una parte del Escorial en 1671. El manuscrito original de Francisco Hernández sobre la Materia Médica Mexicana pereció en dicho incendio, pero el resumen de la copia del Dr. Recchi fue regalada al Príncipe Cesi que consiguió su impresión por la Accademia dei Lincei en Roma. Más tarde, en 1780, se localizó una de las copias de la obra de Hernández en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid, que sirvió para la edición de 1790 en tres tomos, sin láminas, al cuidado del botánico Casimiro Gómez Ortega.

Francisco Hernández fue incansable durante su estancia americana, incluso antes ya aprovechó el tiempo e inició inmediatamente su cometido. Así, al llegar a Canarias, durante la escala de dos semanas que hizo la expedición, existe constancia de cómo utilizó la espera en explorar y buscar plantas y elementos naturales por la isla de Gran Canaria, donde en esa ocasión fondearon para abastecerse de alimentos frescos. De hecho, cuando en México encuentra variedades de una hierba llamada por los naturales Cueyauhquílitl, recuerda que ya la había visto durante su estancia en Canarias, pues dice: “de tres de ellas no doy dibujo porque las encontré en la Gran Canaria, una de las islas Afortunadas cuando todavía no tenía pintores”. Pero su exploración en Canarias no se redujo a la simple visita y búsqueda de plantas, sino que sus hallazgos los consignó por escrito, redactando un libro dedicado a la flora canaria. En una ocasión, durante la exploración mexicana, al ocuparse de la planta llamada Ezquahuitl que relaciona con las dracenas (los dragos) dice… “Acerca de las dracenas de las islas Afortunadas ya hemos escrito en el libro dedicado a ellas…” Libro que, desgraciadamente, se perdió.

Asimismo, podríamos decir que inventó lo que hoy denominaríamos prácticas de ciencia ciudadana, ya que ideó un modelo descriptivo (por escrito y con dibujo) al que se acompañaba un cuestionario. Modelo que debía servir para recabar información homogénea y contrastable, mediante el uso de los correos, desde lugares distintos y distantes del propio México, Perú e Indias Orientales. Hernández diseñó también un protocolo de herborización, destinado a recoger y conservar especímenes y dibujarlos in situ mediante lo que él llama esquizos o borradores, lo que le hacía pasar varias veces en diferentes estaciones del año por el mismo lugar (para ver los cambios en las plantas, crecimiento, frutos…), es decir, igualable a las figuras de los actuales colectores de campo. Dada la importancia metodológica de esas referencias, se implicó personalmente en las tareas de herborización, y obviando su posición, edad y salud muy quebrantada, desde el 1 de mayo de 1573 al 1 de mayo de 1574 llevó a cabo un largo y complejo viaje de más de quarenta leguas a la redonda de México, cuyos resultados fueron – a decir de los estudiosos- espectaculares.

Destaquemos que, un año antes de su regreso a Europa, tuvo que hacer frente a una de las epidemias más mortíferas del siglo XVI (la ocurrida durante el año 1576 en México), el llamado cocoliztli, tifus exantemático que acabó con buena parte de la población indígena. Francisco Hernández prodigó cuidados a los enfermos, elaborando un trabajo sobre las causas y remedios de la dolencia citada.

La epidemia de cocoliztli fue probablemente una enfermedad endémica que surgió a partir de roedores locales (típico caso de zoonosis) y afectó a los miembros más vulnerables de la sociedad colonial. Los brotes de cocoliztli eran precedidos de intensos periodos de sequías. Esto lo han confirmado los análisis de los anillos de los árboles que muestran las condiciones de sequía de los años inmediatamente anteriores y durante el brote que, según los expertos, se trataría de una fiebre hemorrágica viral transmitida, en concreto, por ratones. La enfermedad mató a nativos y europeos por igual durante una semana.

Un año más tarde, el 30 de marzo de 1577, recibió el permiso para dejar el suelo mexicano en compañía de su hijo. Tras su llegada a Sevilla, Hernández procedió a plantar, en el Alcázar, las plantas y semillas medicinales traídas de México, entre ellas el árbol del bálsamo, labor que concluyó el 16 de septiembre de 1577, luego siguió viaje a Madrid, donde se instaló en el barrio de Santiago. A finales de aquel año, presentó un Memorial a Felipe II, donde enumeraba los trabajos realizados y los libros concluidos: Las Antigüedades de la Nueva España, la traducción de la Historia Natural de Plinio, la Historia Natural de la Nueva España, un Tratado de Sesenta Purgas americanas, las Plantas de Canarias, las Plantas de Santo Domingo, las Plantas de La Habana, insistiendo en que había experimentado propiedades de las plantas en los hospitales.

Honrado con el nombramiento de médico de cámara del recién nacido príncipe Felipe (futuro Felipe III) murió el 28 de enero de 1587 de disentería, dolencia que padecía desde 1572.  Según sus biógrafos, hoy solo una humilde placa le recuerda en la plaza de su pueblo…

Entre todas las maravillas de la naturaleza que Francisco Hernández trajo de América se hallaban detalles de la tunera (g. Opuntia), pero también recolectó una extraña planta purgante, cuya fama se extendió por Europa en esa época, gracias a sus propiedades para dolencias de estómago, una euforbia del género Pedilanthus, así como cientos de plantas medicinales, caso del ya mentado árbol del bálsamo (Myroxylon pereirae). También otras utilizadas en alimentación, como el xochinacatzli (Cymbopetalum pendulifiorum), que se añadía al cacao para darle un gusto sumamente agradable, sabor y olor deliciosos, así como numerosos vegetales que hoy continúan usándose en jardinería, entre ellas, una especie de Magnolia, una orquídea del género Stahonpea, las flores de lis (Sprekelia formosissima) o la flor de tigre (Tigridia pavonia).

No olvidemos que -por entonces- los descubrimientos americanos de fauna y flora eran importantes para la alimentación, la medicina, industrias tintóreas y el comercio en general. Y precisamente, una muestra del curioso vegetal purgante, que él comparaba con la belladona, la traía oculta, como joya destacada, en su baúl de viaje, para mostrársela a un ansioso e impaciente coleccionista…el conocido como Rey Prudente.

“…Del ezquahuitl

“…Es un árbol grande con hojas como de gordolobo. amplias y angulosas; destila un jugo que llaman sangre de drago, de donde le vino el nombre, pues ezquahuitl quiere decir árbol de sangre. Nace en Quauhchinanco. Hay otro árbol del mismo nombre y que mana el mismo jugo, del que hablaremos en otro lugar, Acerca de las dracenas de. las islas Afortunadas. ya hemos escrito en el libro dedicado a ellas. La naturaleza de este jugo es fría y astringente; afirma los dientes, detiene los flujos y tiene. en suma, las mismas virtudes, el mismo aspecto y los mismos usos que nuestra sangre de drago que suele extraerse de las dracenas de las islas Afortunadas. Ezquahuitl: de ez (tli), sangre, y cuahuitl, árbol. Arbol de sangre…”

(Francisco Hernández, capítulo CLVI del libro cuarto de su Historia Natural en referencia a las islas Canarias)

FOTO 1.- Portada de uno de los libros del Dr. Francisco Hernández sobre plantas medicinales (Rerum Medicarum Novae Hispaniae).

FOTO 2.- Contenido de uno de los tratados de Francisco Hernández sobre vegetales.

FOTO 3.- El armadillo, iconografía recogida por Hernández en sus obras y reproducido en el Códice Pomar (libro regalado a Honorato Pomar, catedrático de Hierbas de la Universidad de Valencia, por el rey Felipe II y elaborado teniendo como base algunos de los dibujos traídos por Francisco Hernández desde América).

FOTO  4.- Dibujo del árbol del bálsamo (Myroxylon pereirae = Myroxylom balsamum)


Preguntas sobre el tema

  • ¿Conocías la historia de Francisco Hernández?
  • ¿Habías oído hablar de la expedición a América que él protagonizó?
  • ¿Por qué los navíos que iban hacia el Nuevo Continente hacían escala en Canarias?
  • ¿Sabes que son los dragos?
  • ¿Dónde hay dragos en Tenerife?
  • Busca la distribución de dragos en Canarias y comenta su situación actual
  • ¿A qué familia pertenecen los dragos?
  • ¿Qué es la sangre de drago?
  • ¿Por qué eran tan apreciada en la antigüedad?
  • ¿Por qué se coleccionaba tanto durante el siglo XVI?

Bibliografía de consulta

Acuna-Soto, R., D. W. Stahle, M. K. Cleaveland & M. D. Therrell (2002). Megadrought and Megadeath in 16th Century Mexico. Emerging Infectious Diseases, 8 (4): 360-62.

Álvarez Peláez, R. (1995). La obra de Hernández y su repercusión en las ciencias naturales. Asclepio, 47 (2):27-44.

Álvarez Peláez, R. (1999). Felipe II, la ciencia y el nuevo mundo. Revista de Indias, 59  (215):9-30.    

Barreiro Martínez, J. (1929). El testamento del doctor Francisco Hernández. Boletín de la Real Academia de la Historia, 94: 475-497.

Bustamente García, J. (1998). La empresa naturalista de Felipe II y la primera expedición científica en suelo americano: la creación del modelo expedicionario renacentista. Comunicación al Congreso Internacional "Felipe II (1598-1998), Europa dividida, la monarquía católica de Felipe II” Universidad Autónoma de Madrid, 20-23 abril 1998. Madrid. Centro de estudios históricos, CSIC: 39-59.

Kamen, H. (2009). El enigma del Escorial. El sueño de un rey. Espasa editorial, 315 páginas. ISBN:978-84-670-3098-3.

López Piñero J.M. & J. Pardo Tomás (1994). Nuevos materiales y noticias sobre la “Historia de las plantas de Nueva España”: de Francisco Hernández. Cuadernos valencianos de Historia de la Medicina y la Ciencia. Instituto de Estudios documentales e históricos sobre la Ciencia. Universitat de Valencia.

López Piñero, J. M. & J. Pardo Tomás (1996). La influencia de Francisco Hernández (1515-1587) en la constitución de la Botánica y la Materia Médica modernas. Cuadernos valencianos de Historia de la Medicina y la Ciencia. Instituto de Estudios documentales e históricos sobre la Ciencia. Universitat de Valencia.

Marquez, N. (2017). Shifting the Frontiers of Early Modern Science: Astronomers, Botanists, and Engineers in Viceregal New Spain during the Habsburg Era, 1535-1700. Thesis submitted to Victoria University of Wellington for the degree of Doctor of Philosophy. 247 páginas.

Marr, J. & J. Kiracofe (2000). Was the Huey Cocoliztli a Haemorrhagic Fever?. Medical History, 44 (3): 343.

Martínez Gordillo, M., J. Jiménez Ramírez, R. Cruz Durán, E. Juárez Arriaga, R. García, A. Cervantes & R. Mejía Hernández (2002). Los géneros de la familia Euphorbiaceae en México. Anales del Instituto de Biología, Universidad Nacional Autónoma de México, Serie Botánica, 73(2): 155-281.

Pardo Tomás, J. (1991), Obras españolas sobre historia natural y materia médica americanas en la Italia del siglo XVI. Asclepio, 43:51-94.

Varey, S. & R. Chabrán (1994). Medical Natural History in the Renaissance: The Strange Case of Francisco Hernández. Huntington Library Quaterly, 57 (2).

Volver