Museos de Tenerife
Publicado el 24/04/2019

Notre Dame y el Museo Nacional de Brasil: el patrimonio histórico alerta

El pasado lunes 15 de abril, el profesor de sociología cultural en Whitman College y especialista en historia de Francia y patrimonio, Álvaro Santana-Acuña, publicaba algunas interesantes reflexiones en la sección digital del New York Times sobre lo acontecido en París con el incendio de la catedral de Notre Dame de las que nos hacemos eco desde el área Patrimonio de Museos de Tenerife.

En él, el autor nos informaba de cómo la famosa catedral, una de las iglesias más visitadas del mundo,  ardió en plena Semana Santa, por causas aún desconocidas, durante los trabajos de restauración de la iglesia. Se sabe ya que han desaparecido para siempre la aguja central del siglo XIX y numerosas vidrieras, algunas de las cuales databan de la Edad Media. La estructura de la nave y las dos torres se han salvado. Sin embargo, el daño simbólico es quizás mayor que el daño material. Situada en el corazón de París, Notre Dame es un símbolo de Francia y ahora también es un símbolo de la desidia política y ciudadana global hacia la gestión y la protección del patrimonio histórico-artístico.

Notre Dame se comenzó a edificar en el siglo XII y su arquitectura se convirtió en uno de los mejores ejemplos del estilo gótico europeo. Dentro y en los alrededores de la iglesia ocurrieron varios episodios capitales de la historia francesa y europea, pero para la mayoría de sus 30 000 visitantes diarios, Notre Dame es poco más que una de las postales más reconocibles de París, como la Torre Eiffel, la pirámide del Louvre (y la Mona Lisa), un lugar donde hacerse el selfi de turno.

El incendio de Notre Dame de París ocurre más de siete meses después del incendio que destruyó otro símbolo patrimonial: el Museo Nacional de Brasil, en Río de Janeiro, y las aproximadamente 20 millones de piezas que resguardaba. Ahora, en Francia, en medio de la consternación por la pérdida irreparable, la opinión pública ha vuelto a conocer las grandes dificultades que un monumento como la catedral parisina, pese a su valor patrimonial, tenía para recaudar el dinero de la restauración, incluso pese a que su propietario es el Estado francés. Por desgracia, el caso de Notre Dame no es la excepción, sino la triste norma en el mundo patrimonial.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) señala como, año tras año, los bienes de nuestro patrimonio mundial desaparecen o sufren daños irreversibles, sobre todo por la falta de recursos. En el caso de Notre Dame, un informe de la Unesco ya alertaba en el año 2000 de los graves daños provocados por las tormentas. Pese al valor universal del edificio, se tardó más de una década en iniciar las obras de restauración. Ha tenido que ocurrir una catástrofe histórica para que no le falte dinero a Notre Dame. Pero no será una restauración, sino una reconstrucción.

El incendio de Notre Dame evidencia también un grave problema denunciado por la Unesco y otras instituciones de conservación patrimonial: la carencia generalizada de planes para gestionar siniestros en edificios de alto valor histórico. En un incendio en pleno centro de París, pasaron preciados minutos antes de que los bomberos apareciesen con sus mangueras en el techo de la iglesia. Para ese entonces, las llamas se habían adueñado del techo de maderas centenarias y su avance era imparable.

Tras el infortunio, lloverá el aluvión de selfis en las redes sociales con la iglesia quemada de fondo y el hashtag de turno para demostrar que uno estuvo allí. Acaso, la reflexión más importante se extinguirá con la misma rapidez que las llamas: la falta de una sensibilidad real y colectiva hacia el patrimonio histórico-artístico que se traduzca en acciones políticas de preservación. Notre Dame de París llevaba décadas pidiendo dinero para su restauración mientras empeoraba el estado del edificio.

Durante las grandes obras de reforma urbana de Georges-Eugène Haussmann, entre 1852 y 1870, que destruyeron gran parte del París medieval que rodeaba a Notre Dame, la capital francesa se convirtió en una de las cunas de la conciencia moderna de la defensa del patrimonio histórico y artístico. Incendios como el de París y Río de Janeiro nos alertan de que esa conciencia debe modernizarse y eso pasa por dotarse de medios económicos y ciudadanos para evitar la destrucción del patrimonio histórico que simboliza naciones y valores globales[1].

La desmantelación de servicios técnicos esenciales, la falta de apoyos institucionales que los doten adecuadamente o los recortes presupuestarios que se les imponen bajo argumentos de toda índole, en lo referente a planes de actuación, servicios de prevención, antiincendios, de vigilancia, etc. son motivos recurrentes para las lamentaciones posteriores a este tipo de desastres que deberían ser mirados con lupa y evitados a toda costa ¿O no nos suena aquello de que “cuando las barbas de tu vecino veas arder…”?

[1] Texto extraído de Álvaro Santana-Acuña (15 de abril de 2019) El incendio de Notre Dame es un llamado de conciencia sobre el patrimonio histórico mundial 

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