

Agua y árboles
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A través de este documento, perteneciente al interesantísimo Fondo Estévanez del CEDOCAM, vemos como ya en el siglo XIX, había voces atentas a la realidad de la isla. Advertían que el porvenir de Santa Cruz dependía de cuidar aquello que la naturaleza ofrecía con tanta limitación como generosidad.
El agua era entonces y sigue siendo en la actualidad un bien precioso, tan necesario para las personas como para los campos y los jardines. Y los árboles, especialmente en un entorno marcado por la sequedad y la intensidad del sol, aparecían como una forma de resistencia y de belleza: daban sombra, conservaban la humedad y recordaban que el progreso verdadero no consiste en olvidar la naturaleza, sino en convivir con ella.
Pensar Santa Cruz desde esta perspectiva es reconocer que el agua y los árboles forman parte de su identidad más profunda. Defenderlos no es solo una cuestión ambiental, sino también cultural y cívica. Es cuidar la memoria de la ciudad y, al mismo tiempo, asegurar su porvenir. Es una tierra donde cada gota cuenta y cada copa verde transforma el paisaje, proteger el agua y fomentar los árboles es, en realidad, proteger la vida misma.
