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Este término, muy habitual en el argot del mundo de los museos para indicar que las piezas se mueven (del almacén o las salas expositivas hacia otro lado), lo usamos ahora desde el Museo de Historia y Antropología de Tenerife para hacerte llegar digitalmente algunos de sus fondos.
Rustidera Hotel Taoro
 
 

Rustidera de cocina del Hotel Taoro [12. 1996. 294-4]


Los almacenes del Museo de Historia y Antropología (MHA) esconden colecciones de una gran variedad tipológica, entre ellas una selección del menaje de la cocina original del Hotel Taoro del Puerto de la Cruz, promovido por la Taoro Compañía de Hoteles y Sanatorium Valle de la Orotava, resultante de la fusión de las anteriormente existentes Compañía de Hoteles y Sanatorium del Valle de La Orotava - también conocida como The Orotava Grand Hotel Company Limited - y The Taoro Company Limited. El hotel, todo un hito en la empresa turística de Tenerife y, por extensión, de Europa, fue inaugurado en 1890, poniendo fin a una etapa en la que los promotores turísticos de la época habían rehabilitado casas ya existentes para darles un uso hotelero. Así sucedió con las casas Zamora, Marquesa o Buenavista, estando dichos inmuebles limitados por su escasa capacidad de camas, lo que suponía un obstáculo para diseñar una ambiciosa política de atracción turística, destinada fundamentalmente al mercado inglés.

La pieza en cuestión, un utensilio de cocina - una bandeja - que se usa para asar al horno, de cobre estañado, fue frecuentemente utilizada en la cocina de tipo industrial de tan célebre hotel. Cocinar es transformar un producto natural en algo diferente y para ello resulta imprescindible el dominio del fuego y el empleo de objetos que permitan exponer al calor la materia prima. El que la rustidera fuera fabricada de estaño en su interior y recubierta de cobre en el exterior, se justificaba en la más que probada conductividad térmica de este último, siendo además un material muy duradero y de apariencia estética más que atractiva evitando, por añadidura, la decoloración y la alteración del sabor de los alimentos. No obstante, los cocineros de aquella época se encontraron con algunos obstáculos cuando llegaba el momento de su utilización, entre ellos su excesivo peso, hecho que dificultaba su desplazamiento y, dada su composición química, la exigencia de una mayor y constante limpieza con la finalidad de eliminar las sustancias venenosas como el plomo y de evitar la cocción de elementos ácidos.

La rustidera del Hotel Taoro nos pone tras la pista de cómo debían ser las cocinas diseñadas por Coquet para este emblemático establecimiento -quien modificó un proyecto anterior de Manuel de Cámara y Cruz -, espacios de los que se conoce muy poco, tal como puso de relieve Ángel Muro en El Practicón, uno de los recetarios más consultados y reeditados desde su aparición en 1894, en el sentido de que frente a los extensos catálogos de utensilios y menajes de las cocinas, muy poco se decía sobre los espacios o dependencias donde eran utilizados.

En cualquier caso, las cocinas de aquel momento (y la del Gran Hotel Taoro no fue una excepción) contaban, básicamente, con dos espacios:

- Una sala de preparación o antecocina, conocida popularmente como “despensa”. Habitualmente eran las salas más amplias, utilizándose para el precocinado de los alimentos, el lavado y el despiezado, es decir, todas las labores previas a la cocción.

- Una cocina grande o “sala de fogones”. Era el núcleo central de la cocina que albergaba toda la maquinaria de cocinar y los fogones para asar y guisar. Era el espacio habitual de uso de la rustidera.

En las cocinas de los hoteles del siglo XIX lo más usual era que los pinches, ayudantes y cocineros organizaran el trabajo en torno a tres actividades. La primera, popularmente conocida como “café”, consistía en confeccionar los manjares ligeros (véase té, café, chocolate, helados y bebidas). Luego estaba la “fonda” que era la fase en la que se preparaba la parte grasa o suculenta de la mesa, esto es, asados, cocidos y fritos. Finalmente, en la “confitería” se cocinaban los dulces, pasteles, las confituras propiamente y, también, se procedía al montaje o adorno de los platos.

La importancia de la rustidera y objetos de menaje de cocina conservados en el Museo se ha revalorizado desde el momento en que se conoce que son muy pocas las cocinas de este periodo que pueden visitarse tal como fueron concebidas originariamente - la cocina del Palacio Real de Madrid pasa por ser la excepción que confirma la regla -; de ahí su importancia como documento estético y, sobre todo, como testigo de una actividad que ha cambiado de manera notoria en nuestros días. Aunque las cocinas originales del Hotel Taoro no han sobrevivido, buena parte de su menaje sí, y en un excelente estado de conservación.

La rustidera, así como otros objetos que pertenecieron a la primera cocina del mencionado hotel, vienen a enriquecer una colección, la del turismo, la cual, desde los inicios del Museo ha venido completándose con un más que curioso fondo documental sobre la construcción del establecimiento hotelero y la constitución de aquellas primeras sociedades que actuaron como promotoras de la empresa turística en Tenerife, así como con uniformes, cubertería, souvenirs y postales.

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