Museo de Naturaleza y Arqueología
Fecha del evento: 01/06/2020 - 06/06/2020

Solución a Ciencia encriptada: «El caso de un animal vivo procedente del Cretácico que terminó disecado en un museo»

Ciencia encriptada: «El caso de un animal vivo procedente del Cretácico que terminó disecado en un museo»

¿A qué tipo de animal se refiere esta historia?

¿A qué características se refería nuestra protagonista cuando describía al animal con “cuatro patas y una extraña cola de perro”?

¿Se han descubierto más ejemplares de esa especie?

¿Qué implicaciones evolutivas tuvo el hallazgo en el pensamiento de la época?

¿Conoces algún museo en el que se pueda observar una reproducción a tamaño real de esta especie?

Epílogo

Marjorie Eileen Doris Courtenay-Latimer (24 de febrero de 1907 – 17 de mayo de 2004) nunca imaginó que aquel día de diciembre de 1938 iba a descubrir un animal ausente del registro fósil conocido desde finales del Cretácico en la lonja de la ciudad de East London, situada en la Provincia del Cabo Oriental de Sudáfrica. Como conservadora del museo de historia natural y cultural de esa población desde 1931, y a pesar de no tener formación académica, demostró un gran interés y conocimiento científico desde el comienzo de sus funciones.

Como auténtica todoterreno del naturalismo, definió su carrera investigadora diversificándola en varias disciplinas biológicas, entre las que destacan varios compendios acerca de la biodiversidad de las aves de Sudáfrica [1] [2], y un libro sobre flores de plantas silvestres [3]. De forma complementaria, dedicó parte de su interés en la ictiología de la región, y se convirtió en una auténtica observadora de la pesca diaria local, intentando cubrir de esa manera la necesidad de incremento de las colecciones de su institución.

Ayudándola en la iniciativa de atesorar patrimonio para su museo, en los muelles de aquella ciudad el capitán Harry Goosen, patrón del buque arrastrero Nerine, reservaba las capturas de ejemplares desconocidos o con aspecto fuera de lo habitual para que Courtenay-Latimer los examinara detenidamente. El día señalado, acudió a los muelles de la ciudad tras recibir la habitual llamada una vez finalizada la jornada de trabajo pesquero. Una vez allí, al retirar varios ejemplares comunes en donde reposaba el resultado de la captura diaria, nuestra conservadora observó una aleta con forma y coloración algo extraña, y al observar el pez, no dudó de que se trataba de algo fuera de lo común. Resulta curioso su relato, cuando dispuesta a transportar en el mismo taxi que le había llevado hasta allí, el conductor le puso mil y una pegas para evitar que subiera a bordo aquel “pez maloliente”, cediendo finalmente a su transporte.

Una vez en el laboratorio, tras varias horas de dedicación y una ardua consulta bibliográfica, fue incapaz de determinar la especie a la que pertenecía, decidiendo entonces escribir al reputado ictiólogo James Leonard Brierley Smith, compatriota de la Universidad de Rhodes, Grahamstown, en la que le adjuntaba un boceto a mano alzada de las principales características del pez. Por varias razones, no obtuvo una inmediata respuesta de Smith, y tras intentar conservar infructuosamente con formalina el ejemplar, decidió contactar con un amigo taxidermista que naturalizó la piel, cráneo y aletas, desechando los órganos internos.

Habían pasado unos 12 días después de la haberse producido la captura cuando finalmente recibe la ansiada respuesta del Dr. Smith en forma de carta, donde le rogaba encarecidamente que conservara aquellas estructuras de valor taxonómico, pues aparentemente se encontraba ante una especie no descrita.

A pesar de dejar constancia de la novedad científica en las publicaciones científicas de la época, ni Courtney-Latimer ni Smith fueron capaces de hacerse con otro ejemplar igual durante mucho tiempo. Tras varios años visitando los enclaves de desembarque pesquero, nadie sabía nada ni había visto nunca semejante pez tan extraño. Como si de un delincuente del lejano oeste americano se tratase, difundió varios carteles en las lonjas de la zona con una foto del pez disecado en la que establecía un precio de 100 libras por su captura a modo de recompensa… pero ningún celacanto aparecía.

Finalmente, y más de 20 años después, en 1952 un segundo ejemplar procedente de las islas Comoras fue pescado y entregado a Smith por un comerciante local que estaba al tanto de la búsqueda. Fue entonces cuando se confirmó la existencia y se validó la descripción que previamente se había realizado sobre esta especie nueva para la Ciencia, bautizándolo con el nombre de Latimeria chalumnae, en honor al apellido de Marjorie y haciendo referencia a la desembocadura del río Chalumna, lugar donde fue capturado. En la actualidad se sabe que se distribuye en varios núcleos muy escasos a lo largo del extremo occidental del océano Índico. En 1998 se estimó que la población total era solo de menos de 500 ejemplares, y está catalogado como en peligro crítico por la UICN, afectado por las prohibiciones de captura que define el apéndice I de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies en Peligro de Extinción (CITES).

El celacanto habita generalmente en fondos de unos 200 m de profundidad, oculto durante la mayor parte del día en grutas y oquedades rocosas. Con un tamaño máximo estimado en dos metros, este pez ovovivíparo [5] tiene una historia filogenética asombrosa. Perteneciente al primitivo grupo de los sarcopterigios, conserva en las aletas unas extremidades óseas en forma de rudimentarios brazos o piernas, que se relacionan con una futura adaptación al desplazamiento terrestre. Posiblemente, de un predecesor cercano al celacanto evolucionaron los peces pulmonados que dieron lugar, tras millones de años de evolución, a los primeros vertebrados que caminaron por la faz de la Tierra y que, por tanto, también son nuestros antepasados. Todo apunta a que el hábitat que ocupa no ha sufrido presión evolutiva significativa durante los últimos 80 millones de años, permitiendo al celacanto mantener su morfología original durante tanto tiempo. Encaja por tanto en el grupo de los “fósiles vivientes”, terminología adoptada por la paleontología para referirse a aquellas especies actuales que poseen la misma forma que sus antepasados fósiles más remotos.

Este descubrimiento, que removió los cimientos de la ictiología y la paleontología, sobrepasó en popularidad todas las expectativas posibles. El Museo de East London llegó a recibir hasta 22000 visitas en un solo día de visitantes ansiosos por observar a la criatura llegada del cretácico: un dinopez recién descubierto y del que no se conocía prácticamente nada. Esta excesiva presión hizo mella en Marjorie quien, tras pensarlo detenidamente, acordó enviar el ejemplar naturalizado a la residencia privada del Dr. Smith, haciéndolo depositario e investigador responsable. Esta decisión no fue bien recibida por la ciudadanía de East London, que reaccionó con desconcierto e irritación ante el traslado fuera de su ciudad del primer celacanto descubierto. La reclamación surtió efecto y, en 1940, regresaba de nuevo a las vitrinas de la institución en la que fue originalmente registrado, tras pasar por el Museo de Sudáfrica de Cape Town, donde fue restaurado y debidamente montado [4]. En la actualidad, las salas del Museo de East London lo exhiben con orgullo y distinción, y es indiscutiblemente la pieza estrella del centro museístico.

Como última y reciente sorpresa, en 1998, Mark Erdmann, investigador postdoctoral de la Universidad de Berkeley (California), encuentra en los mares de la isla de Célebes (Indonesia), a casi 10000 km de distancia de las islas Comoras, una nueva especie de celacanto. Es descrita al año siguiente con el nombre de celacanto indonesio (Latimeria menadoensis) [6]. Como contrapunto, y a diferencia de la educación y generosidad científica mostrada en la colaboración entre Courtney-Latimer y Smith durante la publicación de la primera especie, este segundo hallazgo no estuvo exento de polémica, pues el investigador que encontró y aportó el ejemplar para su estudio no fue tenido en cuenta posteriormente en la publicación de la descripción definitiva de la especie [7].

En cualquier caso, este descubrimiento aportó una nueva especie a este extraño y prehistórico género de peces que, junto a la primera descrita, permanecieron totalmente ignoradas por la ciencia hasta mediados y finales del siglo XX. Hoy sabemos que también hubo un fuerte distanciamiento entre ellas; los últimos estudios basados en genes codificantes de proteínas en forma de ARN mensajero, de transferencia y ribosómico [8] han determinado que las dos especies de celacanto (L. chalumnae  y L. menadoensis) se separaron hace unos 30-40 millones de años, cifra que superaba en gran magnitud a la obtenida en estudios previos (menos de 6,3 millones de años).

Durante el jurásico y cretácico, la tierra firme fue habitada por dinosaurios. En esos momentos, en los océanos reinaban extrañas criaturas como el celacanto que, a diferencia de sus congéneres terrestres, han conseguido perpetuarse sin cambios hasta nuestros días. Paradójicamente, millones de años después este dinopez viviente se encuentra gravemente amenazado, y su extinción, algo aparentemente impensable tras saber de su larga longevidad genética, puede que esté próxima a suceder.

Autor: Alejandro de Vera Hernández, conservador de Biología Marina del MUNA, Museo de Naturaleza y Arqueología

Foto 1. Entrada del Museo de East London en la actualidad.

Foto 2. Retrato de Courtney-Latimer e imagen del boceto enviado por carta al Dr. Smith sobre el primer celacanto descubierto.

Foto 3. Primer celacanto, encontrado por Courtney-Latimer, actualmente en exposición en el Museo de East London.

Foto 4. El Dr. Smith junto al segundo ejemplar de celacanto descubierto en Pamanzi (Comores), en diciembre de 1952.

BIBLIOGRAFÍA

[1] Courtenay-Latimer, M. & J. M. Winterbottom (1968). A List of the Birds of Little Namaqualand. South African avifauna series. Univ. of Cape Town, Percy Fitzpatrick Institute of African Ornithology: 48 p.

[2] Courtenay-Latimer, M. (1964). Check List of Birds of the East London Area. South African avifauna series 20. Univ. of Cape Town, Percy Fitzpatrick Institute of African Ornithology: 76 p.

[3] Courtenay-Latimer, M. & G.G. Smith (1967). The flowering plants of the Tsitsikama forest and Coastal National Park. National Parks Board: 64 p., 64 pl.

[4] Varios autores (1979). The Biology and Physiology of the Living Coelacanth. McCosker & Lagios, California Academy of Sciences, 134: 175 p.

[5] Lavett Smith, C, C. S. Rand, B. Schaeffer & J. W. Atz (1975). Latimeria, the Living Coelacanth, Is Ovoviviparous. Science, 12 Vol. 190, Issue 4219: pp. 1105-1106.

[6] Pouyaud, L., S. Wirjoatmodjo, I. Rachmatika, A. Tjakrawidjaja, R. Hadiaty, W. Hadie (1999). Une nouvelle espèce de cœlacanthe. Preuves génétiques et morphologiques. Comptes Rendus de l'Académie des Sciences, 322 (4): 261–7

[7] Holden, C. (1999). Dispute Over a Legendary Fish. Science, 284 (5411): 22–23 .

[8] Inoue JG, M. Miya, B. Venkatesh, M. Nishida (2005). The mitochondrial genome of Indonesian coelacanth Latimeria menadoensis (Sarcopterygii: Coelacanthiformes) and divergence time estimation between the two coelacanths. Gene, 349 : 227–235.

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