Registro de salida: «Muestrarios de botones»

Registro de salida

Este término, muy habitual en el argot del mundo de los museos para indicar que las piezas se mueven (del almacén o las salas expositivas hacia otro lado), lo usamos ahora desde el Museo de Historia y Antropología de Tenerife para hacerte llegar digitalmente algunos de sus fondos.

Muestrarios de botones [11. 2006. 037]


Cuatro son los muestrarios de botones que protagonizan esta nueva edición de REGISTRO DE SALIDA. Se trata de piezas de tela, una negra y las otras beige, de 95 cm x 38 cm, en las que se han ido cosiendo de manera ordenada distintos ejemplares de botones. En cada una de ellas se agrupan más de un centenar de estos objetos aparentemente insignificantes. La tonalidad protagonista se refuerza en la pieza de tela con un vivo[1] del color en cuestión. Componen un lote en el que predominan distintos tonos de marrones, rosas, azules y verdes en los botones y forma parte de la colección de “Indumentaria, artes y tecnologías textiles” del Museo de Historia y Antropología de Tenerife (MHAT).

Este conjunto de muestrarios, vinculados a la historia de una mercería de la isla de La Palma que desarrolló su actividad en el siglo XX, llegan al Museo mediante donación. Desafortunadamente no conservamos más información al respecto, pero podemos hacernos a la idea de que estas cuatro mantas eran un cómodo escaparate que mostrar a la clientela que buscaba botones para sus variadas labores. En ellos aparecen huecos con señales de restos de cosido, muy probablemente porque a medida que las existencias de un determinado modelo se agotaban, se eliminaban del muestrario. El orden por colores debió facilitar a quien regentara la mercería la búsqueda entre los más de quinientos modelos que aún se conservan.

Muchos de esos modelos cuentan con varias medidas, en función del tamaño del ojal del que fuera a brotar el botón elegido. A este respecto, resulta curioso hacer mención a la manera en la que se mide el diámetro de los botones. Si bien cuando se acude actualmente a una mercería elegimos “a ojo”, en función del ojal, qué botón va mejor a la intención creativa no sólo por el tamaño sino por el color, la profundidad, el material, el diseño, la forma, el lugar que vaya a ocupar la pieza en la labor…, lo cierto es que, en el mundo de la fabricación y comercialización de botones, éstos se miden por líneas desde el siglo IX, momento en el cual el gremio de botoneros se independiza de otros oficios. Una línea de botón, convertida en la unidad de medida básica, corresponde a 0.635mm.

Algunas mercerías de España, negocios eminentemente familiares, conservan aún este tipo de muestrarios. Son toda una obra de ingeniería no sólo por la manufactura artesanal de la manta en sí, sino por el orden de los botones, su categorización, e incluso por complejos sistemas de signado topográfico que permiten encontrar el botón deseado. Un ejemplo de ello puede visualizarse en redes sociales en mercerías como La Crisálida en A Coruña que publica semanalmente en su sección Acompáñame a buscar un botón, el meticuloso y particular proceso que hay tras la búsqueda de algo tan pequeño en cualquier almacén. De hecho, en el libro Entre botones e hilos que esta mercería publica con motivo de su 80 aniversario, el autor menciona el uso de este tipo de muestrarios en otras mercerías de España, que en ocasiones se empleaban también para visitas a domicilio de talleres de costura o sastrería, por la facilidad para ser enrollados y portados.

Sin embargo, los botones cosidos a estos muestrarios evocan ciertos recuerdos y son un artefacto cultural de diferente consideración según el contexto. La costumbre de guardar botones variopintos en latas de galletas, reutilizados de prendas en desuso, o sobrantes de los cartones que se pudieran haber adquirido, o más recientemente, puestos a buen recaudo al separarlos de las etiquetas de las prendas por si se nos perdiera alguno – más si cabe en el caso de botones especialmente complicados de reponer-, es probablemente una constante en la mayor parte de las familias de nuestro contexto más cercano. No en vano, algunas personas todavía pueden recordar haber jugado a clasificar botones hallados cuales tesoros en estas latas.

Este objeto menudo, aparentemente superficial y considerado de poco valor, puede arruinar la estética de una prenda, elevarla a su máxima expresión hasta el punto de ser protagonista de la indumentaria en cuestión o ser la guía para hallar, tras el acto de desabrocharlo, el cuerpo de quien amamos o deseamos. Los botones ausentes pueden insinuar descuido o dejadez, los de formas infantiles inspiran ternura y parecen ser un intento de seguir enseñando a los más pequeños: esto es una tortuga, un coche, una manzana...Los gestos tras ellos pueden simbolizar agobio, compostura o incluso poder.

Los botones también han estado al servicio de revelar el pasado en múltiples yacimientos en los que estas mínimas piezas han colaborado a fechar la cultura material hallada. Fueron utilizados en sus orígenes no tanto para unir prendas como para decorarlas. Su vínculo con lo femenino fue tardío, siendo las prendas masculinas las que mostraban la prestancia del portador de las mismas, en los comienzos de su popularización. Los materiales para su fabricación han ido variando con el tiempo, desde los más refinados vinculados a labores casi de orfebrería, hasta los más contemporáneos hechos de resinas acrílicas, pasando por el cristal, el hueso, los esmaltes, el nácar, la madera o simplemente el hilo y un poco de tela.

En la semiótica de la moda, los botones son considerados signos que han marcado jerarquías sociales, han disciplinado gestos, diferenciado géneros o han construido imaginarios de elegancia, autoridad o pertenencia. El lugar que los botones han ocupado en las prendas también refiere si la prenda es masculina por el sentido en el que se abrochan, o si un vestido requería de asistencia de una segunda persona para ser puesto o quitado. Su disposición puede determinar su preciosismo o no en función de si está en una parte del patrón de la indumentaria que es visto por quien nos contempla, o queda oculto bajo otras prendas. Unas veces insinúan y acompañan la silueta de los cuerpos, y otros establecen distancia.

Los botones, vistos desde esos muestrarios, quedan desafectados de las intimidades que pudieron haber preservado, de la historia de las prendas de las que pudieron formar parte, de los saberes de aquellas personas capaces de elaborar sus propias prendas para sí mismas u otras. De las conversaciones que se tuvieron mientras se elegían, los consejos y trucos compartidos con las otras mujeres con las que se coincidía en la mercería en cuestión. Son botones aislados, en cierto modo fosilizados en el módulo de conservación del museo, alejados inevitablemente de su razón misma de ser. No pudieron ser los protagonistas de la prenda que la abuela tejió para sus nietos, o que la madre cosió para sí misma, tratando de colaborar a los preceptos que la Sección Femenina instruía en relación con la economía doméstica.

El término botón proviene del francés y hace alusión al concepto de que algo brota o emerge. Quizás los Museos tengamos que asumir que las variadas significaciones de los objetos que guardamos, por pequeños que sean, van quedando aletargadas desde el momento mismo en que las extirpamos de la vida de la cultura material. Valga este ejercicio para hacer brotar estos muestrarios durante el tiempo de lectura de estas líneas, y que en un ejercicio de imaginación y de memoria compartida, devolvamos a la vida que queramos, a alguno de estos botones.

 

Para saber más:

  • Edwards, N. (2011). On the button: the significance of an ordinary item. I.B. Tauris.
  • Santos, R. (2025). Entre botones e hilos. Espasa.

[1] Un vivo es un detalle decorativo que se añade al borde de una prenda para resaltar una costura o una línea de diseño.